domingo, abril 27, 2014

Qué hago cuando creés que no hago nada

Fuí abducida por mis nietos. Cuatro en un año. Me cagaron a nietazos entre 2008 y 2009 y quedé medio como el pato Donald girando sobre mi eje tratando de acomodarme a la nueva situación. Es que después de ser madre, no hay nada más trastornante que ser abuela. Tardé como un año en recuperarme física y psíquicamente de cada hijo, pero todavía no me recuperé del shock de entrar en contacto con esos cuatro renacuajos que mutaron en lechones y más tarde en monos.
Caí dentro de una bola de amor gigante que rueda hacia un vértigo de preocupaciones a cada rato, primero recalentada por una ternura como nunca la conocí, después presa de un batido a nieve de pasión sin límites visibles y enseguida un baldazo de hielo picado y vuelta a empezar con la bola de amor, una y otra vez. En eso estoy, pero recuperándome. Los cuatro monitos ya saben decir lo que sienten y los melones se acomodan en el carro cada día mejor.
Después, me operaron de algo sin importancia pero igual la experiencia te la regalo.
Después me casé con mi chico terminados los 20 años de convivencia que consideramos periodo de prueba suficiente.
Antes publiqué Pandemia, pero creo que eso ya lo sabías.
Después pero mientras tanto escribo mi novela que arrastro como una chancleta pegajosa desde hace ocho años, y la suspendo para escribir en siete meses un nuevo libro sobre nuestra cultura medicalizada que te va a hacer caer de orto, pero realmente caer de orto, te lo aviso.
De a ratos dibujo pero para eso es necesario un estado especial de nada demandante alrededor, lo que ocurre una vez cada siglo. Para terminar el nuevo libro me mudé a bares anónimos pero me distraía mirando a la gente que discutía, hablaba por teléfono o se metía los dedos en la nariz. Una mañana caí en el café donde Sebreli garrapatea en forma febril sus pensamientos y tuve que irme porque si lo seguía mirando no avanzaba nada ese día y como efecto colateral tampoco durante la semana posterior. Mi amiga Gabriela me prestó su casa en Los Cocos, a donde me fui con mi chico durante diez días y ahí sí, en medio de la nada (sólo zorzales que entraban caminando por la puerta como Pedro por su casa y un zorrito de ojos luminosos que aparecía por las noches a comer sobras), sin humanos salvo mi chico que me cocinaba papas fritas, mate y tallarines con estofado y me ponía música durante el día y una peli a la noche, ahí sí lo terminé trabajando ocho horas por día.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Si!!! Volviste!
Entro cada tanto y te busco. O entro para buscar tu post de la máquina de an, para mandársela a alguna amiga que anda embelezada con ganas de comprársela. Nada más lindo que pinchar un globo que uno envidiablemente también ansía...
Envidio nietaje...
Espero, no quiero apurar a mis bebes, aunque ya pisen la edad de merecer.
Seguiré leyéndote, está bueno entrar y encontrar sorpresas.
Beshiños, ememe.

malena dijo...

oh, qué bueno leerte!

Anónimo dijo...

Qué bueno volver a leerte y con el humor de siempre.
Felicidades por el casorio!
Por favor cuando salga el nuevo libro avisá para comprarlo.

Vicky

mer dijo...

Ay, pero qué alegría que hayas vuelto. <3

paula meggiolaro dijo...

me encanta, me encanta, me encanta cómo y lo que escribís!

paula meggiolaro dijo...

me encanta, me encanta, me encanta cómo y lo que escribís!

cirita dijo...

Quiero ver ese libro nutrido de papas fritas y estofado. Diga lo que diga, lo va a decir bien... Che, no lo aclaraste pero imagino que todos esos hidratos iban bien "hidratados" valga la redundancia, de buen tinto... O tinto a secas, o más bien a húmedas.