jueves, noviembre 02, 2006

Ángeles










Roma debe ser el lugar donde más curas hay en la calle. Pululan de a miles por los medios de transporte relamiéndose ante el surtido de muchachones que florece a toda hora en la ciudad.

Éste es un almanaque que se compra en la calle, no en un pornoshop sino en un kiosco común.
La gente pasa y lo mira con absoluta seriedad, como si mirara uno de animalitos o de paisajes. Sólo dos degenerados argentinos pueden percibir la perversión explícita de este objeto!

Es un catálogo de curitas comestibles exhibido con absoluta seriedad, como si se tratara de cualquier otra cosa con el maravilloso título de Calendario de los Ángeles.

Por Dios, no se lo pierdan! Escaneé sólo el mes de enero y el de febrero para que se hagan una idea aproximada. Los interesados pueden solicitar la publicación de los 10 chongos restantes. Serán complacidos a la brevedad.

músicas vergonzantes

Ayer le conté a una chica muy joven cuáles eran las músicas que me gustaban cuando tenía su edad.

No le hablé de las que a todos nos parecen respetables, sino de las otras, las que uno prefiere no confesar.

Empecé por Sergio Denis para que el resto de la lista le impresionara menos.

Lo que no le dije es que me gustaba escucharlo para llorar. Era prácticamente el único uso que les daba a sus casetes.

Después confesé algo que ahora ya no es tan bochornal porque se lo acepta como un fenómeno kitsch: Sandro. Pero hace casi 40 años era una grasada sin atenuantes. Yo trabajaba en una agencia de publicidad y al mediodía, con un cadete que era un atorrante, comprábamos dos panchos, nos íbamos a mi casa y nos matábamos escuchando Sandro en mi Winco, que estaba pintado de rojo y amarillo.

Después, también me fascinaba Zitarrosa. Mis hijos se han reído siempre de mí por eso. Yo ponía sus discos y ellos simulaban que tenían arcadas. Cuando fue perseguido en Uruguay vino a Buenos Aires y vivió en la casa de unos amigos míos. Ahí lo conocí y lo amé: era como un pájaro enfermo, con un traje negro brilloso de grasita y una corbata finita negra. Fumaba todo el tiempo y tenía una cara increíblemente melancólica. Hablaba muy lento con una voz profunda y un acento uruguayo muy marcado. Hace poco, en Montevideo, conocí a uno de sus guitarristas.

Lo curioso es que ahora B.3 bajó todos sus discos y nos los asesta permanentemente. Cuando le recuerdo que hace pocos años le parecía deleznable dice que no es verdad, que seguramente estoy alucinando.

Pero lo más fuerte es lo de Leonardo Favio. En la época de Fuiste mía un Verano era un guachito tierno. Yo adoraba sus discos y además me moría por él: tenía las fantasías secretas más terribles que una chica podía tener en esa época. Un día, en San Telmo, entré a un restaurante a hablar por un teléfono público y mientras hablaba lo ví comiendo con unos tipos. El suspendió la conversación, me miró como para almorzarme allí mismo y yo creí que me iba a desmayar. En cuanto corté se precipitó hacia donde yo estaba... y yo salí literalmente corriendo!

Siempre me arrepentí de haber huído, pero se ve que era lo único que podía hacer frente a esa emoción.

Ahora lo veo con frecuencia por amigos comunes y me da mucha pena lo que queda de él. Pienso que si él se acordara de aquél episodio también le daría mucha pena lo que queda de mí.

martes, octubre 24, 2006

Bye bye love (haiku)






Tu gato y el mío
no se conocen.
En el jardín llora un sauce.





Haiku-no-michi

lunes, octubre 23, 2006

Escatología



Llega la pizza de Romario. La fainá viene en una caja triangular de cartón. Será la influencia del día de Don Vicente, pero pienso que puede reciclarse como práctica cartuchera para transportar un arma en un momento de apuro.

Afectada tal vez por las últimas noticias, también de a ratos me parece un sarcófago.

Corto el remanente de la pizza, la ordeno porción sobre porción para comerla en el desayuno de mañana y cierro la cajita. Queda muy monona. Pero de repente a todos nos asalta la duda: la pizza estará allí realmente? Con todas sus aceitunas? No nos habrán madrugado llevándose una porción?

Abro la cajita y miramos. Uff, qué alivio! Todo sigue en su lugar.

Nos vamos a dormir tranquilos.

Mañana será otro día.

sábado, octubre 21, 2006

Tortuguitas




El cartel señala la salida de la autopista en Garín; el auto obediente baja y sigue la curva hasta una rotonda donde conviven en una promiscuidad horrenda parrillas, pizzerías y agencias de remises envueltas en un revoltijo de olores y sonidos. El auto sigue por un pasillo que enhebra decenas de barrios cercados.

En cada entrada hay una caseta de cemento blanqueado y dos guardias travestidos de militar centroamericano detrás de una barrera. Toda la instalación dice sin palabras que los que viven allí tienen algo muy importante que ocultar. Usted está aquí dicen los carteles para que uno no se equivoque y se arriesgue a ser fusilado.

Los barrios cercados se llaman country, que significa campo y se ve que lo dicen con inocencia, sin la menor ironía. Todos tienen un cartel con un nombre campestre y un símbolo como de etiqueta de vino fino. En unas casitas alejadas amontonadas sin ton ni son sobre la tierra viven los que cortan el césped, podan el cerco, desinfectan la pileta, lustran el piso, lavan los platos y limpian los baños en el country.

Mirando por la ventanilla abierta del auto trato de hacer coincidir la realidad con el recuerdo. Hace cincuenta años Tortuguitas era un animal inmenso adormecido en el polvo, unos molinos esperando el viento y un túnel forrado de eucaliptus que terminaba a cincuenta metros de la casa. Sé que es el mismo lugar porque lo dicen los carteles pero de todo eso no queda nada. De repente por la ventanilla del auto entra un dato del pasado tan certero como un detector de iris en un aeropuerto japonés: el olor. Es el olor de los únicos días felices de mi infancia, un olor fresco de algo recién nacido y en el fondo el de algo verde que se quema.

El auto va muy rápido pero igual veo sobre la izquierda un lote que se vende y entre los álamos petisos, una casa que me parece aquella. Lo digo en voz alta pero en cuanto empiezo a explicarlo me avergüenza mi desubique: hace cincuenta años la casa ya era viejísima y es inconcebible que se mantenga en pie hasta hoy. Era un paralelepípedo bestial atravesado por un pasillo oscuro. Sobre la puerta de madera un artesano italiano había grabado el año de construcción, que ya era lejano en aquella época. Hacía más de cien años que se empecinaba como una viuda en medio del campo, calcinada en verano y aguantando con el lomo agachado la mordedura del invierno. En una arquitectura tan seca cualquier consuelo (un alero, una galería) hubiera sido una debilidad incongruente. El piso del pasillo central era de baldosas calcáreas opacas y porosas lustradas de rodillas y a muñeca con kerosene y aceite de linaza. Las juntas se abrían obligadas por la comba del piso y exhumaban olor a tierra húmeda. Yo cruzaba ese pasillo silencioso corriendo desesperadamente porque alguien me dijo o lo pensé, que debajo había un cementerio. La cocina era un rectángulo enorme y ahumado con dos ventanitas hundidas en el muro. Allí comíamos sopa con caracú o choclos con manteca y los grandes hablaban de cosas misteriosas. Los chicos estábamos siempre afuera, como los perros y con ellos.

En aquel mundo la clasificación taxonómica de los perros era muy sencilla. Había de tres colores y de dos razas: negros, blancos y amarillos, finos y crotos. Ceferino era un perro croto, amarillo.

En una foto blanco y negro estamos los dos acostados sobre el piso de tierra del fondo detrás de la casa.

De Ceferino se ve la esfera de sus bolas prolijamente dispuesta entre las patas, su rabo corto y una oreja que asoma. Yo tengo la cabeza apoyada en su cuello como sobre una almohada. Estoy despierta. Miro desvaídamente hacia la cámara. Tengo dos años. Seguramente Ceferino está dormido: siempre dormíamos la siesta allí, mi cuerpo de nena desmayado sobre su cuerpo perruno. Su tórax subía y bajaba más lentamente a medida que se deslizaba en el sueño y yo me dormía respirando confiadamente el olor de la tierra seca, sumergidos los dos en la sombra narcotizante de los árboles. Sé que tengo dos años porque me lo dijeron. Si es así, esa entrega, esa confianza, es el primer recuerdo de mi vida. Dicen que cuando Ceferino se despertaba se quedaba quieto mirando resignadamente a los que se burlaban de su devoción y recién cuando yo me despertaba él corría a hacer un interminable chorro de pis contra un árbol.

Es una ley de la infancia que los chicos sean alejados sin explicaciones de los lugares donde son felices, asi que sin decirme cuándo ni por qué, un día no me llevaron más.

Hoy cuando volvíamos por la autopista pensé que quizá Tortuguitas sigue estando donde estaba y simplemente no se ve. Tal vez han construido la escenografía encima del campo verdadero y cerca de la superficie, a un metro de profundidad, estén la casa, los eucaliptus, la tierra y Ceferino. Los que van allí los fines de semana, aturdidos, no pueden saberlo. Construyen casitas facsímiles de algún estilo, quieren a perros de razas extrañas y hacen sus prolijos asados sin imaginar que debajo del country espera pacientemente el campo. Algunos perciben que hay algo raro bajo la superficie y en un arranque de terror impotente vuelcan pavas de agua hirviendo en la boca de los hormigueros.

viernes, octubre 20, 2006

Mi apá 5

A mi apá le gustaba salir conmigo de noche. Pensándolo bien, organizaba unos programas realmente bizarros para una niñita de 9 o 10 años, pero en aquél momento me parecía totalmente normal lo que hacíamos.

Me llevaba a la maravillosa librería Atlántida y nos quedábamos hojeando libros durante horas. Yo sabía que podía elegir lo que quisiera y casi siempre me decidía por algo absurdo. Una vez quise El Contrato Social. El empleado que nos atendió preguntó mi edad disimulando mal su desacuerdo y a mí eso me encantó. Me gustaba que mi apá y yo fuéramos cómplices frente a la pacatería y a la boludez. Lo curioso es que leí con mucho interés todo el libro y años después lo recordaba muy bien. No me imagino ahora leyendo un mamotreto así sin desmayarme de aburrimiento.

Después íbamos a comer pizza a Güerrin. Eso era la perdición. Nos quedábamos adelante, en el sector donde se come parado frente a las mesas altas de mármol, donde comen los jubilados y los solitarios. Papá pedía una silla para mí y comíamos unas tremebundas porciones de muzzarella. A mí me trastornaba la fugazzetta rellena con jamón pero no se despachaba por porciones, así que a veces pedíamos una chica para los dos. Papá tomaba cerveza pero a veces se mandaba un moscato y me daba a probar un poquito. Eso también me gustaba. Era dulce como un jarabe para la tos, más precisamente como Benadryl, el jarabe con codeína que fue mi droga de la niñez.

Después íbamos al cine pero no a ver pelis de chicos. Me llevaba a ver las de Gardel y a la salida él cantaba partes de tangos mientras caminábamos por Corrientes. Era excitante andar de noche por la calle con mi mano protegida dentro de su manaza mirando los carteles luminosos, que me parecían el paradigma del lujo y de la alegría. Me parece que me daba un poco de miedo y de ganas de volver a casa ver que muchos negocios habían bajado las cortinas metálicas. Eso me hacía sentir que era malo lo que estábamos haciendo.

Un día nos cruzamos con una vieja y papá se paró en seco y gritó –Tita! y la abrazó como si fueran amigos. Ella se inclinó haciendo descender un par de tetas en punta como dos conos apuntando a mi cara. Me dio un beso pegajoso y yo me froté los cachetes con el borde del vestido. Después papá me dijo que no tenía que hacer eso y me explicó que la vieja era Tita Merello. Yo no sabía quién era: seguí pensando que eran amigos y que tenía una piel viscosa. Ahora reconstruyo la escena y pienso que ella no tendría más de 40 años en esa época y seguramente estaba buena, por eso mi papá la saludó con tanto entusiasmo.

Pero lo mejor lo mejor de todo era cuando me llevaba al Luna Park. En la entrada me daba miedo perderme porque había miles de hombres, mucho movimiento, luces y ruidos, pero papá me levantaba y me llevaba a upa hasta llegar a nuestra butaca. Ahí adentro era maravilloso. El aire era puro humo, una nube que con las luces se hacía opaca como la leche. Pasaban vendedores de algo que no recuerdo qué era, seguramente no coca cola porque en esa época era una rareza, pero tal vez panchos, o vino, no sé, y el vendedor gritaba y los gritos de todos me aturdían pero no me daban miedo porque me apretaba contra mi papá. Me acuerdo de la tela áspera de su saco contra mi cara y del olor exquisito que siempre tenía y que yo creía que era olor a hombre y tal vez lo fuera.

Era precioso estar dentro del rugido de la multitud que subía y bajaba siguiendo el ritmo de la pelea. Una noche ví cómo un boxeador le rompía los dientes a otro. Volaban hilos de sangre y saliva sobre la platea hasta la segunda fila y nosotros estábamos en la tercera. El tipo escupía pedazos de dientes al costado del ring.

Después entrábamos a casa sin hacer ruido, yo me acostaba y a veces papá se asomaba y me tiraba la camisa que se acababa de sacar. Yo hacía un bollo con ella, la abrazaba y sumergía la nariz en ese olor que es el más rico que olí en mi vida, tabaco y chivo por partes iguales y me quedaba dormida.

miércoles, octubre 18, 2006

gómitos

A los cinco años B.2 tuvo una gastroenteritis bestial: pasó un día entero vomitando y cagando cada dos horas. Ella se metía por debajo de mi remera, asomaba la cabeza por el cuello y yo la tenía todo el tiempo así abrazada contra mí. Eso la consolaba y le daba calorcito. Éramos como un ser bicéfalo asimétrico. Sólo deshacíamos la posición para correr al baño. Después de varias horas se asustó y repetía este texto ridículo que en medio de la preocupación me hacía reír sin parar: - me se va a pasar la gomita de la panza? me se va a pasar la gomita de la panza?
Después me contó que creía que en la barriga había una bandita elástica que tiraba la comida hacia arriba. Por eso la palabra gomitar le parecía tan apropiada y a la palabra vomitar no le hubiera encontrado sentido.
En un momento tuvo también pánico a seguir cagando y gritaba -Tengo miedo de cagar la mente!
Ahora tiene 30 años y desde ese episodio no volvió a gomitar nunca más, tanto fue el terror que tuvo.

palabritas

Me gusta mucho cuando los chicos dicen mal algunas palabras, sobre todo porque las dicen con seriedad y las repiten una y otra vez siempre mal.
B.1 le llamaba enredón al edredón y rompechámper a la robe de chambre, B.2 decía tigurón y gomitar y B.3 dijo arco ilis hasta una edad muy avanzada. Yo me moría de amor y no les decía nada para que siguieran pronunciándolo así hasta los 20 años.

Lula

Mi profesora de dibujo es una genia. Ella es una artista rara y fantástica pero además enseña de una forma que a mí me hace aprender mucho. Es rigurosa y profunda, sistemática. Dice que hay que manejar la técnica antes de expresar las ideas. Que esa es la obligación de un artista: primero hacerlo bien y después hablamos. El martes abre esta muestra. Como yo no sé colgar imágenes en los blogs porque no aprendí a hacerlo bien, el texto de la invitación se ve minúsculo y no sé cómo agrandarlo.

martes, octubre 17, 2006

El diamante rojo

Lo que más me gusta es atender nenes y adolescentes. Son animalitos solitarios: les pasan cosas terribles que no pueden contarle a nadie y sufren calladamente los miedos y las fantasías más atroces.
Hoy vino uno con un caleidoscopio de plástico que tenía adentro un diamante rojo.
Lo golpeaba contra el piso, lo pisaba con el pie, le daba contra el escritorio para romperlo y extraer el diamante. La madre estaba exasperada. Le hablaba con ese tono impaciente que sólo las madres usan contra los hijos. Le dije al chico que si nos dejaba hablar le daba un martillo para que lo destrozara. Se quedó quieto dibujando. Después lo revisé, le dije que esperara en la camilla, fui al taller, volví con la maza más pesada que tengo y le expliqué cómo no molerse los dedos ni abollarse la cabeza con ella. Puso el juguete en el piso y le asestó un mazazo tremendo. Volaron los pedazos por todo el consultorio. El diamante rojo saltó hasta el techo y cayó sobre una silla y las otras partículas de color se diseminaron en un radio de dos metros. Estaba feliz. Me dijo que nunca antes había usado un martillo.

lunes, octubre 16, 2006


Creo que lo que me gusta es los preparativos y el proceso, más que la cosa terminada.

Estoy por empezar un paisajito que quiero hacer en acuarela: un lugar de Córdoba con un perro. Entonces voy al taller, busco un tablero y cinta engomada y después elijo uno de mis bellos papeles de acuarela italianos (300 grs, puro algodón secado en frío). En la pileta de la terraza pongo el papel bajo el chorro de agua y lo pego sobre el tablero. Corto cuatro tiras de papel engomado, las mojo una por una y las pego bien al bordecito encuadrando el papel. Aprieto los bordes bien apretados con un trapo y dejo el tablero vertical en la sombra para que se seque despacio. Así el papel se tensa y queda fijado bien plano para poder trabajar sin que se mueva.

Después dibujo suavemente sobre el papel seco con un lápiz blando, un 2B y vuelvo a mojar todo para darle la primera mano de acuarela, que va a ser el fondo, el tono general. Todavía no sé si va a ser gris brumoso o celeste argentino. No me acuerdo bien del color del aire de Córdoba, a pesar de que pasé muchos veranos en La Cumbre y en Los Cocos. Era azul? Era gris? Creo que era más bien azul pero no estoy segura: en aquella época nunca miraba el cielo ni las nubes. Andaba a caballo todo el día y lo único que recuerdo es los espinillos que raspaban la piel, la tierra caliente y el delicioso olor a sudor y a estiércol de caballo.

El oro de Villa Celina









Hace tiempo que pregunto dónde se consiguen limones no fumigados. Para hacer lemoncello se usa la cáscara de los limones y para eso es imprescindible que nunca hayan recibido ningún tóxico. Es imposible saber qué clase de flit les echan a las frutas de las verdulerías y tampoco confío del todo en las huertas orgánicas.

Una paciente me traía limones de Salta todos los años pero se peleó con su familia salteña sin pensar en las consecuencias que ese distanciamiento produciría en mi producción anual de lemoncello.

Se lo cuento a C., mi amigo querido, nativo y amante de Villa Celina como Juan Incardona. Cacha el teléfono y ruge –Vieja, deciles a tus amigas que te corten limones de los limoneros que tienen en el fondo pero antes preguntales si alguna vez los fumigaron. –Qué van a fumigar, rezonga la madre, qué van a fumigar si esos limoneros están ahí abandonados y nadie les da bolilla!

Dos días después suena el timbre. Es C., con el auto mal estacionado y una bolsa de limones celinenses vírgenes de todo pesticida. Son gordos y deformes, tienen la piel gruesa y llena de verrugas, como los maravillosos limones de Sorrento. Al abrir la bolsa surge un olor delicioso que me hace acordar a los bizcochuelos que mi tía D. perfumaba con cáscara de limón rallada.

Los lavo muy bien, M.4 los exprime y llena un gran frasco con el jugo. Armamos una cadena de producción: entre los dos vaciamos las cáscaras, las cortamos, y las metemos en un frasco grande con un litro de alcohol. Ahora hay que esperar siete días moviendo el frasco varias veces al día para que el alcohol les extraiga a las cáscaras todo el aceitito, que es lo que le dará gusto al licor. Después viene la otra parte del proceso, que lleva un mes completo. Esta vez voy a hacer crema de lemoncello, una delicia que en el freezer se mantiene líquida pero espesa como el vodka, de tanto alcohol que contiene. Preparáos, amigos dipsómanos.

Bestialismo juvenil 2.

Le pido a A.2 que sirva el helado. Cucharea sin inconvenientes en el de chocolate y en el de dulce de leche. Cuando llega al de limón, clava la cuchara con un ímpetu excesivo y ensarta el envase de telgopor de lado a lado.

Qué bestia eres, chavalín!

domingo, octubre 15, 2006

Bestialismo juvenil



Merodeo por la casa deshabitada y ordeno mil objetos. Encuentro cosas de B.3 arrastradas por la entropía, las rescato, las guardo en su lugar. Nunca hago eso cuando ella está porque su presencia tiene el poder de mantener el caos de su cuarto en un equilibrio relativo, pero hoy miro todo con otros ojos. Veo su robe de chambre colgada en el baño y me sorprende el estado en que está. Parece haber pasado recientemente una temporada en el Líbano y sin embargo recuerdo que se la compré hace pocos meses. Tiene unas manchas blancas como de lavandina. Cómo habrá hecho para lograr tanto deterioro en tan poco tiempo? Estoy segura de que no ocurrió durante el lavado. Será que se lava la cara con lavandina?

Me llama la atención otro misterio: por qué la cuelga siempre sobre la toalla? No percibe que así crea una figura pornográfica como de clase B? Ella no lo ve? O lo ve y no le importa? En cualquier caso, así se asegura que tanto la robe como la toalla adquirirán ese característico olor a pantano de la ropa húmeda que nunca ve la luz del sol.

sábado, octubre 14, 2006


Y las madres a las que se les murieron hijos?
Y las que no saben cómo ni cuándo?
Y los hijos que no saben cómo ni cuándo mataron a su mamá?
Y todos los que no saben dónde están sus hijos o sus madres?
Mi amiga A. dijo un día "sólo quiero saber dónde están sus huesitos"

viernes, octubre 13, 2006


Terminé de escribir el post anterior (el día de la madre es una hijaputez) y atendí a un chico de ocho años que no tiene papá. Se murió muy joven cuando él tenía dos. Es disparatado, disperso, gracioso, un atorrante de River que se pasó la consulta tirando patadas al aire, pero me contó que a la noche llora solo porque no tiene papá y lo peor es que no tiene recuerdos de él.

Me cuenta que tiene un amigo muy querido. -Qué es lo que más te gusta de él? –El papá, contesta, porque nos lleva a jugar a la pelota y me está enseñando a hacer santo en largo.

El día de la madre es una hijaputez


Los hijos grandes almuerzan con ella simulando alegría y pensando que se están perdiendo el partido. Hay peleas solapadas entre hermanos, cuñados y suegros porque ese día todos quieren parecer afectuosos y considerados pero al mismo tiempo cada uno quiere hacer lo que le resulta más cómodo.

Es el ensayo general de la tupacamarización de las parejas, que llega a su punto máximo a fin de año (Navidad con tu familia, fin de año con la mía)

Los hijos muy grandes, que tienen mamás viejísimas, las sacan a pasear ese único domingo cada año pensando que tal vez sea el último. Se las ve pasar sumergidas en el asiento de atrás del auto, medio abombadas por el calor y por el movimiento al que no están acostumbradas.

Los chicos que tienen mamá se sienten obligados a portarse bien ese día y a regalarle algo que la deje patitiesa de asombro. Meses antes, a veces desde marzo, las maestras les proponen fabricar unas garchas horribles reciclando residuos. Hacen collares de fideos que para diciembre ya están rotos y apolillados, hacen portalápices forrados de hilo sisal y monstruosos portarretratos con pegotines de brillantina.

La madre recibe el regalo emocionada, claro, porque le da ternura pensar que el nene estuvo trabajando en secreto para sorprenderla, pero después tiene que poner el portalápices o el portarretratos en un lugar visible y esperar que el tiempo lo vaya decolorando y desarmando para poder tirarlo a la basura discretamente.

Eso, los nenes que tienen mamá. Los que no tienen presencian cómo toda la humanidad se traslada llevando tortas de un lado a otro de la ciudad, ocupando restaurantes enteros y todos los taxis, comprando celulares y flores mientras ellos no tienen para quien hacer el collar de fideos. Cuando mis chicos eran chicos siempre tenían uno o dos compañeros sin mamá. Yo no podía dejar de mirarlos. Se me apretaba la garganta de pena cuando los veía quedarse solos después de las fiestas del colegio, cuando todas nos llevábamos a nuestros hijos un rato antes.

La mamá de mi amiga L. se murió cuando ella tenía 12 años. Cuando volvieron del cementerio tuvo su primera menstruación y no sabía qué le estaba pasando. Sólo tenía a su papá y a su hermano. Siempre que me lo cuenta llora porque lo sigue sufriendo con la misma intensidad cuarenta años después.

Creo que deberían suprimir el día de la madre. Es un motivo de molestia y de sufrimiento para todos los hijos y para las madres también.

miércoles, octubre 11, 2006

mamelones

Reprimir el impulso de meterme y de hablar con extraños me viene desde que mis hijos empezaron a avergonzarse de mí.

Mil veces me pidieron que me portara bien. Ahora ya no, porque se resignaron o porque son más seguros y no les hace mella que su mamá haga papelones. Aprovechándome de eso, cuando están con amigos y sobre todo cuando B.3, que es la más seria, está con un novio nuevo, aparezco y bailo en silencio una especie de twist o de rock a billy como se bailaba en mi época, es decir con cara de dolor de huevos los chicos y con cara de crisis hepática las chicas. Es como un bautismo del novio, como un ritual de iniciación: si vuelve quiere decir que nos vamos a llevar bien.

B.3 espera pacientemente que termine mi pequeño espectáculo avergonzante porque sabe que enseguida me voy y no vuelvo a molestar. Pero igual, a solas siempre me pide que no haga lío.

Creo que ella quedó marcada por un incidente que protagonicé hace unos quince años. Estábamos en un supermercado, yo llevaba una escoba en el carrito y de repente hice una mala maniobra y con el palo de la escoba derribé un estante entero de frascos de shampoo. Me dio un ataque de risa, claro, pero ella se fue caminando como si no me conociera. Fue un verdadero bochorno, lo admito, pero no era para ponerse así.

Otro episodio inolvidable ocurrió una tarde en la cocina de casa cuando ella no tenía más de cinco o seis años y yo le estaba enseñando a hacer galletitas. Insoportable como soy, le explicaba didácticamente cada paso con su fundamentación científica. Abrí un sachet de leche con una tijera, como hago siempre, y no sé cómo fue que se me resbaló, lo atajé en el aire por el ángulo erróneo y voló leche espasmódicamente por toda la cocina una y otra vez hasta vaciarse por completo. Creo que ese día me perdió la confianza para siempre.

Ésos fueron accidentes y entiendo que a un chico le provoquen vergüenza, pero un día B.1 me demostró que los chicos también tienen una sensibilidad horrible al escándalo aunque sea por una causa justificada. Estábamos los dos en el tren que iba desde Merlo hasta Hornos, donde teníamos una quinta. El tenía trece o catorce años. Era un trayecto corto y pobre, cuatro estaciones miserables rodeadas de villas miserias y en el medio una más beneficiada por el progreso: Las Heras. Repetíamos ese viaje todos los fines de semana y nos encantaba andar en el trencito de una locomotora y un solo vagón polvoriento. Íbamos mirando por las ventanillas abiertas y entraban panaderos, mucha tierra, a veces un pajarito equivocado. Nuestros compañeros de viaje eran obreros que vivían en Mariano Acosta o en la Parada Zamudio y volvían exhaustos después de mil horas de trabajo. Una tarde, al salir de Merlo, el hombre que estaba sentado frente a mí trató de subir la ventanilla y se le cayó sobre los dedos. Él retiró la mano sin decir nada y ví las últimas falanges de dos de sus dedos seccionadas y la sangre saliendo a chorros con la típica pulsación arterial. Él no dijo nada; sacó un pañuelo marrón y se envolvió los dedos apretadamente. Yo salté instintivamente sobre él, le levanté el brazo, le apreté la arteria radial para parar la hemorragia tal como había aprendido en el hospital y grité –Paren el tren! Paren el tren! Todos se hacían los boludos. Era increíble: miraban para otro lado como si alguien se estuviera cagando, como si hubiera que ser discretos mientras un tipo se desangraba.

Un guarda entró al vagón, preguntó qué pasaba, e hizo parar al tren de repente. Al rato apareció una ambulancia desde el lado de Merlo y subieron dos camilleros. Ayudamos a bajar al hombre, que estaba adquiriendo un color grisáceo. Enseguida el tren se puso en marcha. Evitando los charcos de sangre me senté en otro asiento y de repente se me ocurrió ver qué hacía B.1. Estaba mirando para afuera con cara de nada, como si no me conociera, como si no hubiera pasado nada, como si estuviera haciendo un idílico viaje en tren por la campiña francesa. Le pregunté si estaba impresionado. No, para nada, me contestó, es que sos una papelonera, salvando a la gente en los trenes! Parecés Patoruzito!

mamáes

Diálogo en la escalera mecánica ascendente de la estación Pueyrredón del subte. Delante de mí hay un chico con jeans que dejan ver la raya del culo y una billetera asomando por uno de los bolsillos traseros. No debo decir nada, no debo meterme, fue mi primer pensamiento, pero inmediatamente le toqué el brazo y le dije –Te van a robar la billetera. Muy alegre me dijo –Sí, ya sé, mi mamá también me lo dice. –Y por qué no le das bola? –No sé, no me importa, dijo con una sonrisa de ángel. Después, cruzando el molinete se dio vuelta y me dijo –Feliz día el domingo!

sábado, octubre 07, 2006

un día

B.3, La Nena, se fue hoy a Chile a un encuentro de poetas.

Me quedo sola. La casa se agranda y está muy silenciosa, tanto que no me animo a poner música. Tengo todo el tiempo libre por varios días. Nadie me necesita, nadie me espera. Me siento como una uva suspendida en gelatina sin sabor.

Hago planes para ver la muestra de Martín Kovensky, para ver La Música más Triste del Mundo, para ver La Tempestad, para ir a cambiar un libro que vino fallado y otro que le compré a alguien que ya lo había leído, todo caminando para que la tristeza se achique y el mundo se agrande un poco.

Voy a dejar ropa limpia al cuarto de La Nena y veo sus zapatitos tirados en el piso. Me agarra una pena terrible, la misma que me daba ver las zapatillas vacías de los tres cuando eran chicos y no estaban en la casa. Es algo que no pasa con la ropa ni con los libros de las personas ausentes, sólo con los zapatos.

Hoy a la mañana fui a comprar las últimas cosas que La Nena necesitaba para su equipaje. Además de lo que decía su lista garrapateada le compré unas galletitas exquisitas de chocolate, jamón cocido y unas ciabattas recién horneadas para hacer sanguches para el viaje. L., su adorable novio, le preparó el sanguche, le cosió un botón y se ofreció para pintarle las uñas. A eso último ella dijo que no porque se le hacía tarde.

Ayer B.2 y B. 3 se pelearon por algunas ropas, como es habitual. Esta vez era todo más áspero porque B.3 se llevaba a Chile algunas cosas que B.2 le había prestado y fueron necesarias negociaciones muy sutiles y muy tensas hasta lograr un equilibrio perfecto entre préstamos, reproches y promesas.

Todo terminó tan bien que B.2 se ofreció a comprar lo que faltaba para el equipaje de su hermana. Eran algunas cosas básicas: tampons, una crema para el cuerpo, un cepillo de dientes, pasta de dientes, un jabón chiquito.

Cuando fue a guardar todo en su bolso, B.3 descubrió que en lugar de pasta de dientes le había comprado un adhesivo para dentaduras postizas. La verdad es que el envase es muy poco claro: si uno no lee lo que dice no se da cuenta.

Hubiera sido terrible que B.3 lo llevara y lo usara en Chile. Se le iban a quedar los dientes pegados y no iba a poder leer sus poemas.

viernes, octubre 06, 2006

una mañana

Anoche me dormí después de las 2. Me desperté a las 6, reinicié trabajosamente mi cerebro, que a la mañana funciona con Windows 95, y ví que el día estaba precioso. Cargué el I Pod a lo bestia, random total (mezclo todo en la Biblioteca, marco al azar, éste si /éste no, y le tiro todo adentro. Me dice que no van a caber tantos temas y le digo OK, que se quede tranquilo, que meta los que le quepan).

Caminé por Laprida, que me encanta porque está siempre medio en sombras como Agüero. Retomé por Las Heras, me metí en La Isla, aparecí en el monumento a Mitre, bajé por las escaleras del costado, caminé hasta el monumento a Evita Anoréxica, miré varios perros lindos, crucé Libertador y caminé un rato largo mirando el pasto verdísimo que apareció después de la lluvia.

Cuando hago eso me viene una nostalgia de cuando corría porque ahora no puedo correr. Mi corazón se pone irregular cuando pasa de los 110 latidos por minuto así que solamente camino, pero rápido.

Me gustaba mucho correr. Hasta el peor de los problemas se hacía chiquito después de los cuatro o cinco kilómetros porque entraba en escala con el planeta entero. Entonces nada parecía demasiado importante, nada merecía mi preocupación ni mi pena. Caminando, los problemas y la tristeza se achican pero menos.

Pensaba en eso mientras el I Pod me mandaba una mezcla rarísima a la cabeza: Dinah Washington, Beatles, Jimmy Scott, Glenn Gould, Rod Stewart, Agustín Lara, Bola de Nieve, Kevin Johansen, unas cantatas de Bach, un rap de Lauryn Hill, otro de Macy Gray y de repente Ingeborg Bachmann leyendo sus poemas con esa voz tan triste que tenía. Era precioso oír todo eso al azar, como si hubiera apoyado la oreja en el suelo y estuviera oyendo la voz de la humanidad.


Todas las mañanas cuando me despierto miro a ver si el río está ahí. Es una cintita a veces plateada, a veces dorada, a veces gris, que pasa por detrás de los edificios. A veces se ve un barquito cruzándola muy despacio.

Hoy a las 6 era así.

martes, octubre 03, 2006

Hace diez años, cuando me dí cuenta de que no podía seguir atendiendo a mis pacientes y además el portero eléctrico, el timbre y el teléfono y cobrando, haciendo facturas y dando turnos yo sola, decidí contratar una asistente.
La primera se llamaba A.y era disléxica. Me la había recomendado mi amiga C., quien más tarde me confesó que le daba pena que A. estuviera sin trabajo. También le daba pena enchufarme un clavazo, pero según sus principios no era inmoral cagar a una amiga si a cambio resolvía el problema laboral de otra.
A. no tenía clara la diferencia entre los dos sistemas de nomenclatura de las horas: daba un turno para las 14.30 y anotaba 4.30. Durante tres o cuatro meses se armaron unos bolonquis tremendos en el consultorio: los pacientes llegaban cuatro horas más tarde o dos horas antes. Cuando le preguntaba a A. qué había pasado me contestaba que ella había sido muy precisa y que los pacientes estaban muy nerviosos y confusos. Muchos no decían nada, pedían un nuevo turno o bien esperaban bovinamente que se fuera el último para ser atendidos. Pero algunos sí se enojaban y yo argumentaba amablemente que quizá habían anotado mal la cita. Defendí a A. denodadamente porque no se me ocurría que mintiera hasta que fue evidente que tantos pacientes a la vez no podían desarrollar deterioros cognitivos agudos y que el problema no lo tenían ellos sino A.
Mi hija B.2 me ofreció una larga lista de amigas actrices desocupadas. Me aseguró que todas eran inteligentes y serias. Así que escogí a C., la única que conocía y que efectivamente parecía bastante avispada. Llevada por mi prejuicio burgués a favor del arte le dije que si le aparecía un trabajo de actriz tentador quedaba liberada del compromiso del consultorio. C. era muy desbolada pero adorable. Les contaba sus problemas íntimos a los pacientes y se interiorizaba de los de ellos. A los que tenían alguna relación con el teatro o el cine les pedía que la llamaran para hacer una prueba, un casting, un reemplazo, qué se yo, sin ningún reparo. Los pacientes entraban al consultorio sonriendo y me decían –Qué simpática su secretaria! Voy a ver si le consigo un bolo en el canal! La encontré varias veces en la sala de espera sentada al lado de un paciente que casualmente era director de cine o actor entregándole un curriculum todavía calentito, recién impreso en la impresora del consultorio. Un día C. tuvo una horrible desgracia familiar y tuvo que renunciar, cosa que me entristeció mucho. B.2 me propuso enseguida a su amiga A., que también era actriz y también necesitaba trabajar. Esta segunda A. me duró cinco años. Era una grandota muy vivaracha que resolvía todo y entendía todo pero también veía al consultorio como un vivero de potenciales trabajos de actriz. También ella imprimía sus curriculums en mi impresora. A veces abría mi computadora a la noche y encontraba fotos de ella semi en bolas o caracterizada como Emma Peel para un programa de TV. Fuera de esas debilidades y de su letra patuda que daba náuseas, era perfecta, pero también a ella le ofrecieron un contrato que satisfacía su sensibilidad artística y se fue. Dejó en su reemplazo a otra actriz. Ésta era divina, una especie de mora o de turca o de hindú con ojos negros rodeados de un halo tenebroso y con un lomazo atroz. Yo me preguntaba cómo era que Kusturica no la había conchabado todavía. Tenía un novio que la hacía sufrir. Hablaba con él por teléfono varias veces al día, lloraba, se enojaba y se quedaba el resto del día con cara de culo y la máscara de pestañas toda corrida. Era como tener a Anna Magnani al mando del consultorio. Entre discusión y discusión con el novio, durante cuatro semanas le enseñé en qué consistía su trabajo y cuando empezaba la semana cinco consiguió un contrato para trabajar en cine y se fue.
B.2, apiadada de mí, volvió a ofrecerme su lista de amigas actrices desocupadas, pero esta vez dije que no, que ya tenía bastante de vocaciones frustradas. –Ahora quiero una vieja que no se enamore y que no quiera ser artista, le dije.
Así fue como contraté a L. a pesar de su aspecto inenarrable en cuanto la ví, sólo porque cumplía con esas dos condiciones mínimas. Se maquilla con una especie de crema espesa de forma que su cara parece hecha de goma eva color naranja. Usa unas ropas atroces: ropones hindúes, túnicas bordadas a máquina, chalequitos de telar, mucho batik, muchos colores de la tierra. Es vegetariana. Es ecológica. Es étnica. Es telúrica. Yo la trato fríamente para no tener un contacto demasiado estrecho con ella, con sus ideas y su patchouli, pero siempre se las ingenia para explicarme que la gente es buena, que estamos en la era de acuario o que la nueva humanidad será más espiritual que la de ahora. Pero lo peor no es eso. Lo que me tiene loca es que es rematadamente rebuscada y profundamente iletrada a la vez. Habla con una voz muy controlada, sinuosa, y con los labios fruncidos sirupíticamente. Elige las palabras más complicadas para decir las cosas más simples y por supuesto, es incapaz de prender una computadora y ni pensar en que abra un archivo y escriba algo. –Ay, dotora, eso no es para mí!, me espeta, y con eso quiere decir estos aparatos modernos son obra de una civilización demoníaca que muy pronto desaparecerá de la faz de la tierra junto con las drogas, el asado, el vino y las malas maneras.
A mamá la llama melosamente Su Seniora Madre y a mi marido Su Senior Esposo lo cual me da ganas de estrangularla en ese mismo instante por lo que debo contenerme retorciéndome las manos debajo de la mesa.
Habla abriendo poquito la boca para ser más fina y en consecuencia suprime las vocales abiertas. Al teléfono le llama tubo. Dice: Dctra, la sñora XXX se encuentra en el tiuvo (porque en su afán de elegancia pronuncia la b como v).
Redacta como los policías con frases pretendidamente cultas: Dctra, le recuerdo que le ha sido dado un turno al senior Herrera para maniana a las 20 y treinta. Dctra, sabe ustét que no he hallado la historia clínica de la seniorita García Blanco? Esa secuencia se repite todos los días porque busca al senior Herrera en la E y a la seniorita García Blanco en la B, no en la G. Confunde los nombres. Los escribe mal. Los entiende mal. Escribe Holga, Ilda, Vustamente, Agirre y se ríe como una colegiala cuando le señalo el error. -Es que tenía mucha prisa, Dctra, se disculpa.
Es tal su estupefacción frente al alfabeto que ordenar las historias clínicas del día, tarea que a nadie le insumió nunca más de diez minutos, le lleva por lo menos 45 minutos sin tener en cuenta las que olvida sacar y las que saca erróneamente.
Ayer vino media hora más temprano y me dijo que quería familiarizarse con el archivo para no tener tantos inconvenientes con los nombres de los pacientes. Me dio mucha pena, pero lo que me mató es lo que dijo después: -Quédese tranquila, dctra: voy a sacar las historias clínicas y las voy a volver a ordenar por orden analfabético.


domingo, octubre 01, 2006


Siempre tuve poco pelo, muy lacio y muy fino, como mi papá. Hay quien me llama Pelito de Bebé porque le gusta que sea así. Cuando fui a visitar por última vez a mi papá a Alemania me sorprendió que su mujer lo llamaba Baby Haar, pelito de bebé, a él también. Bueno, entonces no debe ser tan horrible nuestro pelo, pensé, si a la gente que nos quiere le da ternura.

También con el color tenemos problemas: es de un gris ratón pálido, con un pigmento tan débil que después de unos días de estar al sol se nos pone blanco verdoso, como de extraterrestre. Ahora me acostumbré, pero cuando era chica moría por tener muchísimo pelo negro con rulos como mi Helen, mejor amiga. Ella me dijo que se le había puesto así porque le hacían masajes en la cabeza todos los días y durante todo un verano me froté la cabeza durante media hora antes de irme a dormir, sin ningún resultado.

La idea de que mi pelo era algo inadecuado y ridículo me la transmitió mi mamá. Le explicaba a todo el mundo que mis pelitos eran tan sedosos y finos que se zafaban de los moños y que se me hacían nudos tan enredados que tenía que cortarme a veces mechones de pelo para poder peinarme. Le encantaba tijeretearme y a veces ella misma se reía de los cortes raros que me hacía. Mientras me peinaba repetía que si un día me rapaba todo el pelo me iba a crecer más fuerte.

Esto que voy a contar es uno de los episodios más terribles de mi infancia y lo tengo grabado cuadro a cuadro como una película. Estoy sentada frente a un espejo grande con una toalla atada al cuello, papá lee acostado en la cama un poco al costado y de frente a mí. Mamá se acerca con un artefacto que hace un ruidito como de podadora en miniatura y me lo pasa rápidamente desde la nuca hasta la frente. Con la cabeza inclinada veo caer sobre mi falda una lluvia de pelitos rubios, mis pelitos de bebé. Mamá se ríe como una niña que hubiera hecho una travesura. Papá levanta la mirada, se le transfigura la cara, se para, insulta a mamá –Hija de puta, o miserable, o maldita seas, no sé que le dice, pero es algo que nunca le había oído decir, y se va pegando un portazo. Sin dejar de reírse nerviosamente mamá me dice que ahora tiene que seguir, que no me puede dejar así, y me pasa la máquina cero, o acero, no entiendo cómo la llama, por toda la cabeza. Me quedo pelada. Como las colaboracionistas francesas, como los prisioneros de los campos de concentración, me quedo totalmente pelada.

Ahora mamá me dice con una especie de excitación –Bueno, ahora vas a ser varón por un tiempo. Me saca los aritos de las orejas. Me saca el vestido blanco de piqué. Me pone ropa de mi hermano, ropa que a él le queda chica. Un short azul, una remera a rayas. No sé por qué en ese momento pienso que es una suerte que sea verano, tal vez porque la ropa de verano es más neutra, más asexuada y se va a notar menos que soy una chica disfrazada de chico.

Después no me acuerdo más. Tengo un vago recuerdo de mi papá que vuelve muy tarde, se inclina sobre mí, que estoy acostada y me acaricia la cabeza, que pincha un poquito. Mi papá tiene los ojos llenos de lágrimas. En ese momento pienso que él no pudo defenderme y que eso lo pone tan triste.

Después recuerdo otra escena, la de la foto. Estamos en la playa, en Necochea. Debe ser ese mismo verano porque tengo el pelo muy corto y un traje de baño viejo de mi hermano, en lugar de los trajes de baño arrepollados y con pechera que usábamos las nenas . Me divierto mucho en el mar. Salto y nado como una rana todo el día. Después estoy en la arena con mi hermano y un amigo circunstancial. Mi hermano, leal al secreto en el que mamá nos aleccionó, afirma enfáticamente que soy un varón. El chico no le cree. Debe haberse dado cuenta de que soy mujer, no sé cómo, si parezco un varón. Me dice –A ver, si sos varón mostrame el pajarito. Primero me quedo helada y enseguida corro hacia la carpa, donde está mamá. El chico me persigue, se ríe, insiste en que le muestre el pajarito. La carpa está lejos, me quemo los pies, llego temblando y me tiro sobre la arena, primero de rodillas y enseguida boca abajo, aplastada contra la arena caliente. Cierro los ojos, la sangre bombea dentro de mi cabeza como una bola de fuego. Tengo terror de mirar, tengo terror de tener pajarito.

Epígrafe

Pelito de Bebé es la que está parada entre los dos chicos.

sábado, septiembre 30, 2006

sapos y culebras

Siempre me gustaron los reptiles. A veces me pregunto por qué, sobre todo cuando veo la reacción de las personas que los odian.
Sé que me gustan porque son silenciosos. A lo sumo croan un poco en sus momentos más zarpados.
Después, me gusta que no son dependientes. Eso también me gusta de los gatos. Me da ganas de huír cuando alguien necesita servilmente mi afecto y no tiene vida propia sin mí.
Tener perro y festejar mi cumpleaños son dos cosas que me provocan un poco de tristeza, en los dos casos porque soy el objeto central de atención y me siento obligada a estar contenta o a ser amable o ambas cosas a la vez.
Cuando tenía a Daga vivía pensando en ella, me preocupaba si se enfermaba y no podía dormir pensando que tenía frío o se sentía sola. En realidad me pasa lo mismo con Alonso, pero la diferencia está en que él no espera nada de mí. Más bien se caga en mí. Así que eso que siento es sólo un rollo mío que él no pide ni necesita.
Bueno, eso en cuanto a lo afectivo. Después, me gusta que los reptiles son primitivos y tienen un cerebrito que es igual al carozo de nuestro cerebro de humanos. Nuestros deseos más irracionales salen de ahí, de nuestro cerebro reptiliano. Encima de ese carozo vienen capas y capas de racionalidad y cordura que se fueron desarrollando con la evolución y que reprimen nuestros impulsos de matar, de invadir territorios ajenos, de defendernos a mordiscos, de acostarnos con nuestro papá o de violar a nuestra sobrina.
Observar a los reptiles enseña mucho acerca de la naturaleza profunda de los humanos.
La tercera cuestión que me gusta de ellos es que son muy lindos. Ya estamos acostumbrados, pero no es increíble que tengan la piel verde? Muchas veces me imagino que si Alonso se muere me haría un maravilloso monedero con su cuero, que tiene escamitas de distintos tonos de verde, como píxeles que forman dibujos.
En realidad los lagartos y los sapos son más parecidos a un vegetal que a una persona, y como no generan temperatura propia uno puede creer que son un zucchini o una planta de espinaca con movimiento propio. A mí me gusta levantar a Alonso y apoyarme su panza fría en la cara. No tiene olor a nada; es como si fuera de plástico. Eso también es raro y me gusta. No sólo se parece a un vegetal: también tiene cara de pájaro, movimientos de mono, cola de serpiente, patas de rana, dedos de espárrago.
Cuando era chica me encantaban los sapos y las culebras. Pasaba muchos meses en Tortuguitas y estaba todo el día sola afuera, caminando, y veía cosas y animales extraordinarios. A veces encontraba una culebra, me la enroscaba en el cuello y se quedaba todo el día allí, al calorcito. A la noche la dejaba en la puerta de la casa y esperaba encontrarla a la mañana siguiente pero nunca volvían.
También jugaba con los sapos y con las ranas. Había unos sapitos minúsculos, como de dos centímetros, que me fascinaban, pero eran muy difíciles de agarrar.
A los sapos grandes les ponía vestidos de mis muñecas. Les quedaban grandes y cuando saltaban el vestido se les inflaba detrás. Era precioso.

martes, septiembre 26, 2006

Cuando escribí lo de la estampita del Angel de la Guarda me acordé de una de las muchas cosas que me obsesionaban cuando era chica: veía una imagen y quería saber qué iba a pasar en el momento siguiente. Era como si las fotos y las ilustraciones fueran fotogramas y me desesperaba que la acción estuviera detenida allí y que no se supiera la continuación de la historia.
La estampita del Angel de la Guarda me volvía loca. El puente era inestable, frágil, y colgaba sobre un precipicio. Los niñitos iban caminando muy confiados, como Mr. Magoo, sin percibir que estaban en peligro. Y el Angel de la Guarda iba revoloteando sobre el abismo como atajándolos por si se caían. Yo miraba el dibujo obsesivamente y le preguntaba a mi mamá –Se va a caer el puente? Y el Ángel va a poder salvarlos si se caen? Podrá agarrar a uno solo o a los dos? Y recuerdo que mi mamá terminaba contestándome de mal modo que no podía saberse qué iba a ocurrir. Eso me aterrorizaba, me hacía dudar de todo el sistema de protección que teóricamente lo sostiene a uno cuando es chico. Cómo que no podía saberse? Y entonces por qué habían dibujado esa escena y no la siguiente o la última de la secuencia?
También me trastornaba un afiche de Seguridad Vial que pegaban en las paredes. Decía CUIDADO! y mostraba un chico y una chica con guardapolvos blancos de colegio, cruzando una calle y en segundo plano el frente de un auto. Me acuerdo de haber caminado muchas cuadras al lado de mi hermano atosigándolo con las mismas preguntas –El auto está parado o anda? Los chicos no lo vieron? El auto va a poder frenar? También mi hermano me contestaba las primeras preguntas pacientemente y las últimas gritándome que no podía adivinar qué estaba por ocurrir.

Ahora pienso que si un chico me preguntara eso yo no me preocuparía por ser honesta y veraz sino por conservarle la seguridad y la confianza. Le diría que el puente no se cae, que el Ángel los cuida todo el tiempo aunque no haya peligros visibles y que el auto iba despacito y frenó y que a los chicos no les pasó nada malo.

Tal vez yo hubiera estado menos triste y preocupada toda mi niñez si me hubieran contestado eso, y por supuesto hubiera roto menos la paciencia con mis interminables preguntas circulares.

lunes, septiembre 25, 2006

Creo que Carlos

Cuando hace tanto frío y sopla tanto viento y en la calle uno se siente desamparado pero llega a su casa y entra al calorcito y al rico olor a casa limpia pienso todo el tiempo en algunas personas que conozco.

Una es la señora que está siempre en la estación Alem de la línea B del subte. Arranca los afiches de publicidad cuando suman un buen espesor de cuatro o cinco, y se envuelve en ellos abrazada a su bebito de menos de un año. Cuando paso de ida, a las 8 de la mañana, están dormidos dentro de su canelón de cartones y alrededor hay restos de comidas, trapos, y sube un olor a intimidad.

Al mediodía, cuando paso de vuelta, está sentada sobre el cartón, que ahora es una alfombra que la aísla del frío del piso. Pide monedas y el nene llora, moquea y se arrastra descalzo por el piso de baldosas sucias de la estación.

Otra persona que recuerdo cuando hace este frío es un linyera que la ambulancia llevó a la guardia del hospital una noche de invierno. Estaba medio inconsciente de hambre y de frío, con las uñas y los labios azules. Tenía la ropa vomitada y los ojos hundidos en las órbitas. Le llevé del bar un sándwich de jamón y un café y comió y tomó todo en silencio, como si estuviera recordando lentamente cómo era eso de comer y tomar algo caliente.

Desprendía ese olor agrio de la piel y la ropa nunca lavadas. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo –Creo que Carlos.

Le volvió el color a la piel y sonrió un poquito. Antes de revisarlo el jefe de guardia exigió que lo bañaran. Revisar a un linyera es una de las pruebas de iniciación que les hacen a los estudiantes en el hospital. Se supone que sólo si uno se banca la sarna, la sangre, el olor, las costras y los piojos merece ser médico. Pero el jefe dijo que le avisaran cuando estuviera limpio, antes no. A las cinco de la mañana le sacaron la ropa, la tiraron, lo llevaron al baño y lo dejaron allí, desnudo. Entró un enfermero, lo ubicó debajo de la ducha, le entregó un jabón y abrió las canillas. Cinco minutos después fueron a buscarlo con una toalla y lo encontraron muerto bajo la ducha. No le hicieron autopsia. A la mañana en el bar circulaban distintas versiones. Un cardiólogo decía que el paso del frío al calor del agua le había provocado un shock. Un gastroenterólogo dijo mirándome fijamente que comer una buena comida después de meses de pasar hambre podía haberle provocado la muerte. Una psiquiatra opinó que el pasaje brusco de la desprotección de la calle a la protección del hospital era suficiente para descompensarlo gravemente.

Nunca supimos la causa de su muerte pero desde entonces yo me siento responsable de conservarlo en mi memoria porque sé que en ningún otro lugar se recuerda que él haya pasado por el mundo.


Cuando tengo mucho pero mucho pero mucho miedo y hasta me despierto de noche asustada con sueños de persecución y tiros me prendo del lado de adentro de la ropa mis medallitas santas que me protegen de todo. Una es de Jesús Niño y sirve para proteger a los hijitos. Otra es de la Difunta Correa, santa que quiero mucho porque siempre me cuidó. Y la otra es de San Expedito, que a pesar de su nombre es un santo muy serio, que te salva de situaciones de peligro inminente. También rezo -Angel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día y me acuerdo de una figurita que tenía cuando era chica: dos nenes cruzando distraídos un puente muy frágil y un ángel de la guarda volando al lado de ellos sosteniéndolos sin que se dieran cuenta. Como en la vida real siempre me río de Dios, de los santos y de las religiones, cuando tengo miedo temo que todos ellos estén enojados conmigo y decidan castigarme dejándome sin su protección cuando más los necesito, pero hasta ahora eso nunca ocurrió.

Cuando tengo miedo enseguida sin darme cuenta busco cosas que me hacen acordar a cuando era chica. Me pongo mi prendedor de zapatitos o el de patitos y eso me hace sentir protegida.
Es una tontería, ya lo sé, pero toco el prendedor y me parece que no hay malos y que estoy a salvo de todo lo que me aterroriza.

Huácale!


En la maceta de la plantita ex apestada yacen todas las cochinillas muertas o desmayadas, no sé. Cayeron todas juntas como pochoclos rosados al día siguiente del tratamiento con alcohol de ajo.

martes, septiembre 19, 2006

cochinillas 2


Qué placer! Hoy a la mañana la planta está casi limpia, con huellitas rojas en cada herida que le hicieron las cochinillas. Y al pie, en la maceta, yacen todas muertas. Me encanta haberlas liquidado.

domingo, septiembre 17, 2006

fotos del taller


taller

Ayer cuando describía el galpón de mi apá me pareció gracioso que yo también tengo un lugar todo mío precioso donde guardo y hago lo que más me gusta. Era una baulera sórdida y húmeda y un verano la vacié, reciclé todo lo que había, limpié y contraté a tres de mis contratistas geniales, Evaristo Alegre el pintor, José el carpintero y Omar el electricista, que en dos días pintaron, armaron los estantes, pusieron el panel para las herramientas, las luces y la mesada de pino tea.
Allí pinto, dibujo y reparo todo lo que se rompe. Me encantaría no tener que tirar nunca nada, poder reparar y reciclar todo. Los chicos y sus amigos traen sus cosas rotas, las dejan allí y yo las voy arreglando. A veces se me atrasan mucho los trabajos, sobre todo en invierno, porque en el taller hay un frío que pela. En verano dejo abierta la puerta que da al balcón y entra calor y sol y entonces sí me quedo horas trabajando o pintando en silencio. Ahora estoy reparando un gatito de madera que B.2 me dejó hace como un año. Tenía la cola y una pata rota. Encolé los pedazos parte por parte y ahora que soldó lo estoy pintando, no azul eléctrico como era antes sino blanco como era su gata Estrellita, la que se fue sin dar explicaciones.

primavera


Salgo al balcón por primera vez desde abril. Odio el viento y el frío que hace ahí arriba en invierno.

Limpio las mesas y las sillas con Blem, saco mi equipo de jardinería y evalúo la situación. Es un desastre. Lo último que hice fue podar las plantas en marzo y desde entonces no volví a mirarlas. El viento las secó, las hormigas se comieron entera la planta de frambuesas, el granizo machacó ramas enteras y horror! hay una invasión de cochinillas.

Las cochinillas tienen un nombre muy apropiado: parecen chanchitos rechonchos durmiendo la siesta. No invaden todas las plantas pero se ve que hay una que les encanta y allí aparecen una o dos veces al año. Cubren los troncos y las ramas y segregan un líquido dulce que atrae a las moscas y a las hormigas. Van chupando la savia y la planta se debilita, se le caen las hojas y se muere.

Hace tiempo hice un curso de jardinería ecológica que dictaba el ingeniero Flores (obvio), donde aprendí a matar plagas con productos no tóxicos.

Desde entonces sólo fumigo con alcohol de ajo (cinco dientes machacados en un litro de alcohol fino). A pesar del alcohol no perjudica a las plantas y a los bichos los fulmina. A las putas hormigas, en cambio, no les hace nada. Más aún, deben hacerse un festín. Seguro que se ponen en pedo con el alcohol y se morfan todo el ajo con ensalada.

sábado, septiembre 16, 2006

mi apá 4

En esa última visita a su casa, en Baviera, conocí el estudio que había armado detrás de la casa unos diez años antes, cuando tenía 78. Era un galpón amplio y sólido, raro, como un refugio construido con desechos después de la bomba. Lo había construido con sus propias manos, pero literalmente con sus propias enormes manos.

Había leído en el diario que a 50 kilómetros de su pueblo estaban por desguazar un silo en desuso, había ido a verlo y había logrado que los dueños se lo donaran con la condición de que lo desarmara y se lo llevara en 72 horas. Era pleno verano, que en esa región de Alemania quiere decir entre 30 y 35 grados Celsius durante el día.

Cargó en su auto todo lo necesario y desarmó tornillo por tornillo y chapa por chapa toda la estructura trabajando durante tres días y dos noches durmiendo de a ratos sobre el suelo pelado. En el pueblo se corrió la bola de que había un loco (ein Verückte) en medio del campo y algunos curiosos pasaron a verlo furtivamente desde la autopista. Su mujer me contó que durante años se seguía comentando que una vez un negro desarmó furiosamente un silo en tres días poseído por una energía demoníaca que absorbía de una cosa misteriosa. Lo que chupaba era un mate, el porongo que se había llevado de Argentina, y aunque era rubio y tenía los ojos azules, con el sol se le ponía la piel muy oscura, de un color que a los alemanes les parecía alarmante. Parece que era una imagen aterradora, algo nunca visto por esos lugares donde la gente se protege del sol, es sociable y está siempre correctamente vestida. Me lo imagino como Klaus Kinski, callado y hostil, con el pelo casi albino todo revuelto, vestido sólo con un pantalón roñoso maniobrando con las herramientas, trepando y bajando sin descanso por la escalera hasta desarmar todo el silo.

Después apiló y amarró con sogas una pila de chapas en el techo del auto y recorrió el camino de ida y vuelta decenas de veces hasta trasladar todo al fondo de su casa. Limpió el terreno donde había estado el silo, cargó sus herramientas, su escalera y su mate y se fue a su casa. Dice la mujer que durmió durante dos noches y un día. Después le llevó tres semanas armar el galpón, donde pintaba, escuchaba música y tenía sus pinturas, sus cuadros, sus libros, recuerdos de los barcos que tuvo en Buenos Aires, sus cartas marinas, las copas que ganó en regatas. Cuando fui estaba todo ahí como cuando él caminaba, pero ya no caminaba ni tenía interés en pintar ni en escuchar música.

Yo filmé todo despacito, ángulo por ángulo, pared por pared, porque sabía que nunca más iba a ver su estudio y tampoco a él.

Durante los cuatro o cinco días que viví en su casa hablamos poco pero yo lo miré mucho. Me sorprendía que fuera un hombre tan viejo. Ése no era mi papá. En mis recuerdos mi papá no siempre era joven pero siempre era vivaz, alto y fuerte. Ningún rasgo en común con ese viejito fofo, rosado, medio dormido, esa especie de bebé horrible que se resbalaba todo el tiempo de la silla de ruedas y en el esfuerzo por enderezarse agitaba el muñón de la pierna con un movimiento obsceno que me repelía y me daba risa al mismo tiempo.

Comiendo frente a frente las delicias que su mujer preparaba, en algún momento él agarraba entre sus manazas una de mis manos y me la miraba con una ternura terrible. En ese momento volvía a parecerse a él. –Hijita, manito...decía, me miraba como siempre me había mirado, como a una nena, y después no decía nada más. Apoyada en la palma de su mano, la mía, que no es nada chica, parecía realmente una manito. Ésos momentos duraban muy poco, tal vez dos o tres minutos, porque enseguida volvía a resbalarse de la silla, a enderezarse con esfuerzo y a comer con esa avidez repugnante con que comen los viejos, como si supieran que muy pronto no van a poder comer más.

Yo me iba a mi cuarto, una preciosidad en la planta alta con una camita de princesa, un edredón espumoso y una ventana que daba al campo y lo primero que hacía era mirarme las manos. Me sentaba en la cama y ahora me parecían grandes, manos de mujer, manos de señora, y me ponía a llorar.

Cosas de antes

Antes la gente tenía pocas cosas y las que tenía eran para siempre.
Cuando se ofrecía recompensa por un hombre buscado, además de sus rasgos físicos se describía el color de su camisa y cómo eran sus zapatos. Era tan inimaginable que cambiara de ropa como que cambiara de ojos, porque la ropa era una sola y duraba muchos años.
Antes la gente tenía un solo reloj durante toda la vida. Te lo regalaban cuando empezabas a ser grande, cuando empezabas el secundario o cuando lo terminabas, o cuando se podía calcular que no ibas a romper el reloj haciendo las tropelías propias de los chicos. Era una ceremonia ese regalo. Te lo daban tu papá, un tío o un abuelo y siempre en una ocasión importante: un cumpleaños o una Navidad.
Los relojes no se tiraban. Se les daba cuerda todos los días y ellos andaban durante muchos años, treinta o cincuenta tranquilamente. Por eso se encuentra todavía gente grande que tiene su reloj de cuando era joven.
Lo mismo pasaba con los paraguas, aunque no es lo mismo un reloj que un paraguas: el reloj tiene un significado más solemne porque no se distrae jamás; cuenta concienzudamente cada segundo y en cambio el paraguas sólo protege cuando llueve, cosa que sucede de vez en cuando. Eso, y la forma que tiene lo hacen parecer un poco ridículo.
A pesar de eso también los paraguas se fabricaban y se compraban con la idea de que duraran toda la vida de una persona. Yo tengo uno. El mango es de caña de Malaca (que es el antiguo nombre de Malasia) y cuando mi tía abuela me lo regaló tenía un género negro todo gastado porque ya era muy viejo. Parecía un paraguas de mal agüero. Entonces lo llevé a Casa El Ámbar, que debe ser el único lugar donde arreglan paraguas en Buenos Aires, y le hice cambiar el género por uno marrón que también es feo pero es un poco menos fúnebre. Pensé pedir que le pusieran un género de un color vivo pero me pareció una falta de respeto tanto por el paraguas como por el empleado, que era un hombre terriblemente serio y tenía un guardapolvo de griseta.
El mecanismo de cerrar y abrir es lo único que anda mal y por eso lo uso poco. Cuando está muy mojado se cierra sobre la cabeza con un efecto muy antipático: el agua se mete por dentro del cuello, entre la ropa y la persona.
Ahora los relojes y los paraguas se fabrican y se compran para usarlos por poco tiempo. Los chicos tienen relojes desde que son muy chicos. Ya nadie les hace la bonita ceremonia de hacerlos merecedores de un reloj. Si a un chico le gusta uno, sencillamente lo compra o pide que se lo compren como si fuera un caramelo, porque los venden en los kioscos y en la calle por un precio muy bajo.
Los paraguas también son ahora baratos y se compran con la idea de usarlos una o dos lluvias, o a lo sumo durante algunos meses. Todos tenemos ahora paraguas lindos pero no por mucho tiempo porque si duran más de lo esperado los prestamos o los perdemos, que es lo mismo.
Yo recuerdo algunos paraguas muy bonitos que tuve y perdí. Uno del Museo de Arte Moderno de Nueva York, negro con pintas rojo oscuro, muy sobrio, sólido y bien diseñado. Me lo olvidé en un taxi pero me dí cuenta en cuanto cerré la puerta. Quise pararlo pero el taxista no me vió. Perder ese paraguas me dio mucha pena. Después tuve uno precioso, color yema de huevo, que había comprado muy barato. Ese duró exactamente una lluvia porque el viento lo dio vuelta y le quebró dos varillas. Obstinadamente lo llevé a la Casa El Ambar porque le tenía cariño pero también porque me gusta ese lugar abarrotado de bastones y de paraguas prodigiosos y atendido morosamente por sus empleados que saben todo acerca de mecanismos y varillas, y lo que se puede y lo que no se puede arreglar. Bueno, el paraguas color yema de huevo no tenía arreglo. Se rieron de él; comentaron que era una estafa vender un paraguas que durara una sola lluvia.
También tuve un paraguas rojo fuego, precioso. Lo usaba como paraguas pero también como señalización. Si me citaba con alguien en algún lugar lo usaba como señal para hacerme visible más rápidamente. Ese fue víctima de un préstamo. Recuerdo el momento en que lo presté, la vacilación mínima de mi mano en el momento de entregarlo porque temía precisamente lo que ocurrió y la voz de mi conciencia diciéndome que no fuera mezquina, que cómo iba a dejar que se mojara (quién?). Recuerdo todo menos quién era esa persona que salió favorecida y se quedó con mi paraguas rojo. Igual pienso que un día me lo va a devolver, aunque quizás es alguien que estoy viendo a diario y no piensa devolvérmelo o peor aún, no recuerda que es mío.
Me apena pensar en todos esos paraguas perdidos, los míos y los ajenos. Y también pensar en los relojes descartados en un cajón, muertos y olvidados, mezclados con hebillas, chicles y biromes, de los que debe haber millones en todo el mundo. Afortunadamente parece que ni los relojes ni los paraguas tienen sentimientos, porque si los tuvieran serían como una inmensa humanidad sufriente y silenciosa en aumento constante.
De todos modos, nada de eso tiene importancia. Nada tiene la trascendencia que todo tenía cuando todo era noble y escaso.

Hoy llueve y no tengo paraguas. En el supermercado venden unos chinos a seis pesos con un género como de vestido de Carmen Miranda, de flores gigantescas y con mango de plástico verde clarito. Voy a comprar uno pero ya me he propuesto no tomarle afecto porque sé que nuestra relación va a ser fugaz y no quiero volver a sufrir.

viernes, septiembre 15, 2006

Actualización sobre dientes


Hoy, visita al Dr. Finger. Siempre OK, siempre adelante, siempre positivo y optimista. Tiene aspecto de jugar al tenis tres veces por semana y de navegar el sábado y el domingo. Vivir con él más de dos días debe ser insoportable, pero como dentista es óptimo. Te levanta la autoestima aún sobre temas tan deprimentes como los dientes torcidos.

Volvió a tironearme de las muelas y los dientes con expresión admirativa y a piropearme apasionadamente las encías. Es raro que alguien se emocione por unas encías, pero es lo que le pasa a él. Supongo que es parte de la perversión que conlleva la profesión de odontólogo. Tiene moldes de dentaduras, láminas asquerosas que muestran los dientes por dentro, instrumentales cromados para hurguetear caries, radiografías de maxilares corruptos, una parafernalia que te quita el hambre por dos días. Cada vez que voy no puedo dejar de imaginarme que tengo que hacer su trabajo y me da náuseas, pero a él parece encantarle.

Le dije que me cuesta mucho soportar los dientes alambrados y que me veo los dientes totalmente alineados. Miró con atención y coincidió conmigo. YA TENGO LOS DIENTES DERECHOS!

Me prometió que en la próxima consulta, el 13 de octubre, me saca las estructuras de plástico y el alambre! No lo puedo creer: voy a hacer una fiesta y voy a comer lechuga, zanahoria rallada, espinaca, todo lo que ahora no puedo. Y voy a sonreír y me voy a reír como antes!

Iupi! Iupi!