martes, agosto 01, 2006

Novios de hijas

Las dos producen y procesan una buena cantidad de novios por año. Pero una lo hace seriamente, investigando a conciencia esa materia tan difícil que es Las Relaciones Amorosas y la otra lo hace como si practicara caza mayor. Elige la víctima, la acorrala, la maniata, la pone de rodillas bajo su poder superior, la rodea, la aturde, la enceguece, la martiriza y finalmente la fusila por la espalda.

Ese proceso se completa en un lapso de seis meses, a lo sumo ocho. Conozco tan bien sus fases que sin necesidad de verlos juntos, con sólo oirla hablar por teléfono con él, sé exactamente en qué punto de la línea de producción se encuentra el pobre tipo. Lo peor es la etapa final, un espectáculo salvaje y teatral como una corrida de toros: es cuando ella se aburre de sus chistes y se ríe de su seriedad, lo desprecia en público y lo critica en privado.

Hace más de diez años que la veo repetir ese circuito como un hamster. Como es bella, inteligente y su neurosis la hace muy atractiva, la aman los tipos más maravillosos del mundo. Los fue trayendo a casa uno por uno, como hacía mi gata cuando cazaba una rata y me dejaba la cola masticada como trofeo en la puerta del dormitorio. Hace dos años nos presentó uno absolutamente encantador, que había dejado toda su vida europea para estar con ella. Era adorable y estaba enamoradísimo hasta las patas. Hacían planes para casarse y ya habían elegido nombres para sus hijos. Eso duró casi un año pero finalmente lo vimos avanzar irremediablemente hacia el embudo que desemboca en la picadora de carne y nada pudo hacerse por él, salvo recoger sus pedazos y sostenerlo durante unos meses para que no se muriera. El pobrecito tuvo más tiempo de convalescencia que de felicidad.

A partir de esa víctima me negué a conocer sus novios sucesivos. Los ví al pasar, escuché las primeras descripciones exaltadas, los primeros planes de amor eterno, los nombres de los hijos, los proyectos de viajes y de mudanzas, pero me mantuve firme: no quiero verlos. No quiero quererlos porque sé que se dirigen hacia la manga final, donde serán indefectiblemente embretados y liquidados. Que los maten sin que yo sepa.

Cuando teníamos una chacra yo no quería mirar mucho a los lechoncitos ni a los conejos porque sabía que los íbamos a carnear. “Animal querido no se come. Animal para comer no se quiere”, me repetía a mí misma cuando un chanchito me parecía un bebé y me daban ganas de hacerle upa.


4 comentarios:

explorador54 dijo...

La Naturaleza hace lo mismo con todos nosotros: nos ama, nos hace crecer y de repente nos desintegra sin piedad.

Por eso no me parece bien traer niños inocentes a un mundo en donde todos terminan muertos.

ememe dijo...

Creo que la naturaleza por sí misma tiene bastante más piedad que los humanos a la hora de desintegrarnos.
Y negarse la posibilidad de vivir sólo porque un día la vida se termina es como no levantarse de la cama a la mañana porque hay que volver a acostarse a la noche. O como no bañarse porque uno se vuelve a ensuciar.

explorador54 dijo...

Entonces? Por qué negarse a seguir conociendo y encariñándose con los sucesivos pobres novios de tu hija?

ememe dijo...

Porque no me gusta ver sufrir a personas a manos de otras personas. La misma razón por la que me niego a mirar las fotos de niños masacrados por los misiles de Israel.