lunes, septiembre 11, 2006

mi apá 3


La última vez que ví a mi apá él tenía 87 años. Hacía como quince años que no lo veía y se murió un año después.

Vivía en Alemania, muy cerca de Helmbrechts, el pueblo en el que nació, a donde había vuelto después de 50 años de vivir en la Argentina. Tenía una de esas típicas casitas bávaras rodeadas de un campo que en verano te deja mudo por la belleza perfecta de los sembrados y de los bosques y en invierno te asusta por la blancura infinita y silenciosa de metros y metros de nieve que nadie pisa.

Hasta unos años antes también tenía el típico Volvo último modelo pero ahora no, no lo tenía más porque le habían cortado la pierna derecha a la altura de la rodilla. Tenía diabetes y siempre se rió de las enfermedades (ñañas de vieja, decía despectivamente como respuesta a cualquier comentario sobre la salud). Se rió también de la ñaña de vieja que le había tocado en suerte y de los médicos que le indicaron cómo cuidarse. Siguió fumando un atado diario y tomándose y morfándose todo y cuando se quedó sin el cableado que le permitía mover el pie derecho inventó un sistema de poleas y soguitas que teóricamente le iban a permitir volver a caminar. Lo diseñó y todo pero para armarlo tenía que atornillarse un pitón a un hueso del pie y no encontró ningún médico que quisiera hacerle la instalación.

La pierna se le fue pudriendo desde abajo hacia arriba y cuando le dijeron que tenían que amputársela puteó a los médicos y los echó de su casa con cajas destempladas. Me escribió Habráse visto semejantes canallas: quieren cortarme la pierna y dejarme como una Matrioschka!

Así que planteó una resistencia heroica, juró con gallardía que prefería morirse entero y no sobrevivir a pedazos y se encerró en su casa con su pobre mujer, una gorda buenísima que jamás perdió el buen humor. Pero a medida que la gangrena avanzaba el dolor lo pudo y un día perdió toda elegancia y gritó y gritó y los médicos se presentaron, se lo llevaron y le cortaron la pierna muerta.

Cuando lo visité por última vez andaba en silla de ruedas con mucha dificultad. Le dolía infernalmente la pierna ausente y se le estaba empezando a ennegrecer el pie izquierdo. Él seguía chupando whisky, cerveza, vino tinto y comiendo unos terribles platos de tallarines al pesto con albahaca que cultivaba en la cocina.

Me cago en Dios, era su único comentario cuando se miraba el pie negro.

La diabetes también estaba ocupándose del cableado de la cabeza y empezó a tener algunas patinadas mentales. Él, que siempre había sido tan vanidoso acerca de su inteligencia y de su memoria se olvidaba todo y repetía el mismo relato varias veces al día. Y después de haber sido tan desdeñoso con todo lo que no fuera la cultura clásica, quería tener el televisor siempre prendido y en medio de una conversación la mirada se le iba detrás de La Pantera Rosa y costaba un poco volverlo a la realidad.

Dos veces por día la mujer le hacía un tratamiento en el pie con un extracto de plantas. Metía el pie azulado en la batea llena de líquido tibio y mágicamente la piel volvía a tener por un rato un color casi normal. Ella se lo masajeaba, se lo secaba amorosamente y le ponía una de las medias de lana de llama que yo le había llevado. -Te traje dos pares, le dije en broma cuando le entregué las dos medias. A él le gustaba el humor negro porque le permitía reírse de las cosas tristes y le gustaba la lana de llama porque le recordaba la Argentina, donde había vivido durante 50 años y sobre todo le recordaba el noreste, que para él era el lugar más bello del mundo.

Yo había llevado un diccionario Alemán/Español y estábamos buscando palabras todo el tiempo.

Una tarde, mientras él tenía la pata en el agua y la arengaba para que resucitara porque estaba cada día más muerta y yo le estaba leyendo la traducción de una palabra que no recuerdo, se me cayó el diccionario dentro de la batea. Lo rescaté enseguida y lo sequé sobre una estufa, pero supe enseguida que lo había dejado caer para que quedara marcado para siempre.

7 comentarios:

la enmascarada dijo...

qué lindo tu papá! Adoro la gente que vive (y muere) en su propia ley.

ememe dijo...

Mmmm, yo pensaba lo mismo pero ahora no estoy tan segura. Morfar y chupar era un rasgo de su carácter, no su propia ley. Con lo que le gustaba la música y la pintura morir en su propia ley hubiera sido ser aplastado por un contrabajo o haber tenido un infarto frente a un cuadro de Munch. Qué se yo, ahora que lo ví deteriorarse y transformarse en un ser horrible, tan distante del hombre orgulloso y recio que fue, pienso que es mejor morirse en una ley menos pavota y autodestructiva.

Martino dijo...

Ese mismo diccionario (esto es, la misma edición) tiene mi papá desde siempre en su mesita de luz, y lo tengo muy identificado como símbolo de mi viejo ese librito. Qué casualidad ¿no?

ememe dijo...

Martino, ¿cómo saber si el librito de tu papá es el mismo? Debe haber unos 500 diferentes diccionarios OCEANO Langenscheidt. Yo tengo seis distinos y todos parecen iguales. Exteriormente sólo se diferencian por el tamaño.
No quisiera decepcionarte, Martino, pero tal vez no sea el mismo. El de la foto, el que se me cayó en el agua de la pata de mi papá es Español-Alemán Alemán-Español.
Y por qué tu papá duerme desde siempre con un diccionario alemán? Te lo preguntaste alguna vez?

Martino dijo...

Querida Ememe, me pareció el mismo porque el de mi papá tiene tapas amarillas de plástico y es chiquitito, no se si éste es chiquitito igual que el de mi papá, pero todo lo demás cuadra. Algun dia le saco una foto y vemos.

Martino dijo...

Lo tiene en su mesita de luz porque lee mucho en alemán. Se dedica a la filosofía analítica y bueno, mucho de eso está en alemán.

Anónimo dijo...

Soy ememe.
Martino, dale, fijate cuál de ellos es. Sólo para imaginarme, porque me pierden los diccionarios y la gente que lee diccionarios.
De esa serie OCEANO tengo unos divinos etimológicos y otro llamado Didáctico que es bellísimo, que engancha un término con otro tejiendo como una tela de araña de conceptos, inacabable. Uno podría estar un mes entero leyendo sólo eso sin aburrirse.
También tengo uno minúsculo que compré en la estación de tren del pueblo de mi viejo. Es igual a los enormes pero cabe en la palma de la mano.
Ayer oí a Caetano cantando "Se ha comprobado que sólo se puede filosofar en alemán" Decíselo a tu papá.