domingo, septiembre 17, 2006

taller

Ayer cuando describía el galpón de mi apá me pareció gracioso que yo también tengo un lugar todo mío precioso donde guardo y hago lo que más me gusta. Era una baulera sórdida y húmeda y un verano la vacié, reciclé todo lo que había, limpié y contraté a tres de mis contratistas geniales, Evaristo Alegre el pintor, José el carpintero y Omar el electricista, que en dos días pintaron, armaron los estantes, pusieron el panel para las herramientas, las luces y la mesada de pino tea.
Allí pinto, dibujo y reparo todo lo que se rompe. Me encantaría no tener que tirar nunca nada, poder reparar y reciclar todo. Los chicos y sus amigos traen sus cosas rotas, las dejan allí y yo las voy arreglando. A veces se me atrasan mucho los trabajos, sobre todo en invierno, porque en el taller hay un frío que pela. En verano dejo abierta la puerta que da al balcón y entra calor y sol y entonces sí me quedo horas trabajando o pintando en silencio. Ahora estoy reparando un gatito de madera que B.2 me dejó hace como un año. Tenía la cola y una pata rota. Encolé los pedazos parte por parte y ahora que soldó lo estoy pintando, no azul eléctrico como era antes sino blanco como era su gata Estrellita, la que se fue sin dar explicaciones.

2 comentarios:

Martino dijo...

Yo desde chiquito quise tener uno. Mi abuelo tenía uno en el fondo, y cuando murió, mi tío -su yerno- cooptó todo lo que pudo de ese taller y se lo llevó. Todo menos el banco de carpintero que está en mi casa, porque su yerno ya tenía uno que le había hecho mi abuelo, para durar.
Mi tío murió en diciembre y desde entonces intenté darle uso al taller, antes de que fuera desmantelado, y todavía no pude ni siquiera lograr ordenarlo como lo habría hecho el. Estos lugares son tan personales que cuando se muere el dueño son imposibles de reutilizar. Y esa es mi anécdota sobre talleres.

ememe dijo...

Es verdad: los talleres son lugares más íntimos que los dormitorios.
En tu lugar, yo sacaría todo, limpiaría y pintaría y trataría de mirar cada objeto como si fuera la primera vez, para poder darle a cada cosa su ubicación según tu deseo.
Cuando armé el mío, encontré en una caja pinceles antiquísimos de mi viejo, de marta, muy gastados, y docenas de plumas para dibujar con tinta. Primero me agarró como un respeto terrible y no las usaba. Pero un día limpié los pinceles, limpié las plumas y los usé y me pareció que era como hacerlos vivir otra vez. Pensé que si mi papá hubiera sabido que esas cosas que él tanto quería seguían vivas y en uso se hubiera puesto muy contento.