lunes, enero 09, 2006

cerebros licuados

Hoy a las 10 fui a visitar a una paciente/pariente que tiene mal de Alzheimer. Estaba sentadita esperándome, con un vestido fresco y zapatillas blancas. La habían peinado con un peinado nuevo con raya al costado. Le dije que le quedaba muy lindo, sonrió contenta y levantó la mano dificultosamente para tocarse y recordarse.
Sólo recuerda algunos nombres, los de las cuatro o cinco personas más queridas. Quiso contarme varias cosas pero todas quedaron inconclusas después de tropezar con la primera palabra. Ya no puede leer ni escribir ni marcar un número de teléfono ni comprender una imagen. Tampoco puede moverse si no es con una lentitud de cámara lenta. Mientras hablábamos quería cruzar una pierna sobre otra y abandonó el intento varias veces porque la pierna no llegaba a completar el movimiento necesario.

Mi hija y yo teníamos una cita a las 12 en Lázaro Costa, paquetísimo lugar de encuentro.
Fuimos caminando hasta Corrientes y Uruguay evitando las veredas de sol pero igual el calor rebotaba en el asfalto y nos pegaba en el cráneo haciéndonos trastabillar. Toda la ciudad reverberaba bajo 100 grados Celcius. De Corrientes y Uruguay fuimos a una casa de cambio para cambiar dólares por reales. Hicimos una cola y al llegar al mostrador nos dijeron que no había reales, que en Casa Piano sí. Caminamos diez cuadras más tropezando con otras personas desesperadas y sudorosas. En Casa Piano una multitud se apiñaba frente a las seis cajas. Detrás del mostrador un señor alto muy autoconciente lo controlaba todo. Yo estaba última en la cola. El señor me sonrió, me hizo una seña para que me acercara y sorpresivamente levantó un sector del mostrador, haciéndome pasar al lado de atrás, a un pasillo estrecho que terminaba en una ventanilla con vidrio blindado donde un empleado de anteojos me esperaba al lado de una caja fuerte. Volví sobre mis pasos para buscar a mi hija, que llevaba los dólares. Una vez que los entregamos quedamos encerradas en el pasillo y empezamos a barajar hipótesis acerca de por qué el señor alto, al que llamamos Señor Piano, me había hecho atender por ese lugar preferencial. Mi hija estaba furiosa: decía que la gente nos iba a odiar. Yo le expliqué que yo no había pedido ese trato diferencial, que simplemente el Señor Piano se había enamorado de mí y había querido ser amable conmigo. Mi hija me dijo que no, que se había apiadado de mí por mi avanzada edad. Le aseguré que no era por eso sino por mi belleza otoñal y mientras yo bailaba en el lugar apretadito una especie de rumba silenciosa agitando los brazos y las caderas para molestarla, ella hacía gestos obscenos de masturbación representando al Señor Piano. De repente ví que nuestra imagen, tomada desde cuatro diferentes ángulos, aparecía en un monitor dentro de la cabina del cajero y en otros dos monitores dentro del local atestado. En ese momento volvió el empleado, nos dió nuestros reales y nos fuimos haciéndonos las serias, yo adelante como una reina y mi hija detrás reprochándome mi conducta desastrosa. Al salir todos nos miraban, no con odio como mi hija temía sino con un cierto estupor que yo atribuí al golpe de calor colectivo que evidentemente sufrían. Al salir pescamos un taxi de esos altos como autitos de juguete que me encantan, con aire acondicionado y volvimos a casa donde comimos una ensalada con jamón. Todavía nos duele la cabeza y estamos medio turulatas pero nos acordamos y nos da risa, a mí más que a ella.
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2 comentarios:

Obelix dijo...

Ememe,
Mi abuelo tuvo alzheimer. Era bastante sano y vivió -creo- que màs de 10 años con la capocha turula. Una vez lo fui a visitar y le decías hola o algo y no entendía nada. Eso sí, cuando aparecía una enfermera, empezaba a hacer risitas y a hablar en francés. A mi abuelo le gustaban MUCHO las chicas.

Atte.

ememe dijo...

Si, parece que eso pasa. El Alzheimer va apolillando lo de afuera y queda el carozo. Tengo un amigo muy querido que tuvo una hemorragia cerebral y también le quedó sólo eso, que le gustan las minas., Lo voy a visitar y con su única mano hábil trata de desprenderme la blusa!
A otra gente le quedan la suspicacia, el odio o la mezquindad que estaban en el fondo y se hacen visibles y presentes. Esos se ponen horribles.