martes, enero 31, 2006

ALONSO 5


El objeto informe que se ve en la foto es la remera sobre la que Alonso durmió anoche. Estaba en el último estante del placard, recién lavada y planchada.
Encontrar todos los días ropa malaxada por él me recuerda otras épocas, en las que hijos y animales dejaban su huella en cosas que yo pretendía conservar impolutas.
Me acuerdo de un tailleur blanco que tenía que ponerme en la puerta de casa, a escondidas y justo antes de salir corriendo porque si un nene o Daga me detectaban era imposible que saliera indemne. Ellos odiaban que me fuera y celebraban que volviera, y manifestaban ambas cosas agarrándose amorosamente de mis piernas o saltando alegremente sobre mí. Era común que una vez sentada en el colectivo descubriera un pegote de dulce de leche o de banana pisada en las medias a la altura de las rodillas, un rastro de puré en el hombro, un hilo de baba seca en una oreja o la marca de una zarpa embarrada en el pecho.
Siempre miro a la gente que tiene hijos chiquitos porque se les nota la vida que llevan: siempre tienen arrugas, manchas y enganchones en la ropa a la altura de las manos de sus nenes, o una terrible cara de mal dormidos o el aspecto de haberse bañado a las apuradas o el de no haberse bañado en absoluto.
Cuando son grandes es como si a uno le devolvieran su egoísmo. Después de muchos años de vivir con los deseos en segundo plano, es una delicia volver a hacer lo que a uno se le canta cuando se le canta, dormir hasta tarde los fines de semana, salir sin planes previos, volver a cualquier hora, comer o no comer, no tener leche en la heladera ni Nestum en la alacena.

2 comentarios:

Tricula dijo...

Jajaja, Alonso rocks! Y veo en mi hermana las ojeras, la baba seca, la banana y algún otro rastro bastante seguido. La pobre tuvo mellizos y son dos torpedos!

ememe dijo...

Si una se entrega a ese desastre es una buena época, bastante divertida y caótica, que dura unos 15 años. Lo malo es resistirse y pretender que todo sigue igual que antes.