domingo, diciembre 17, 2006

Después de la tormenta


Después de las tormentas salía a buscar pajaritos caídos. Siempre encontraba uno por lo menos y a veces cuatro o cinco, al lado de cascarones de huevos o de nidos enteros que el viento había arrancado de la rama. Los llevaba a casa, los envolvía en una bufanda, los metía en una caja de zapatos y los ponía en la cocina, cerca del fuego. A medida que se les secaban las plumas iban perdiendo el aspecto de larva, adquirían forma de pajaritos y se ponían a piar con una potencia que aturdía. Los tapaba muy bien para que creyeran que era de noche y durmieran, pero cada vez que prendíamos la luz de la cocina volvían a piar con desesperación.
A la mañana siguiente los llevaba otra vez al pie del árbol donde los había encontrado y me quedaba un rato controlando que volaran o por lo menos que revolotearan con cierta energía como para ponerse a salvo si un gato se los quería comer.
Una vez, cuando yo era grande, encontré al pie de la enredadera del patio de casa uno minúsculo, tan bebito que no tenía plumas. Era como un gusano rosado con párpados azules cerrados. Parecía muerto pero estaba tibio y con la yema de un dedo le sentía el corazoncito latir a una velocidad infernal. Lo llevé a casa, lo abrigué, pero me di cuenta de que no podía devolverlo a su territorio en ese estado de inmadurez. No sabía qué hacer. Acerqué una mano para acariciarlo y abrió el pico de par en par. Parecía de plástico amarillo, una cosa rebatible con dos bisagras enormes en las comisuras. Las bisagras le permitían descoyuntarlo completamente, de manera que la apertura tenía un diámetro mucho mayor que el pajarito en sí mismo. Se le veía todo el interior colorado, palpitante, exigente, y yo no tenía ni idea de cómo alimentar a un gorrión recién nacido. Traté de imaginarme lo que le daría la mamá si estuviera en el nido: semillas y lombrices o bichitos, pensé. Entonces mastiqué una Cerealita, la baboseé bien y le agregué un poco de carne picada. Formé una bolita y se la puse en el pico. La deglutió enseguida, tragando como un avestruz. A través del pellejo transparente se veía bajar la comida por el esófago. Inmediatamente volvió a abrir el pico, volví a darle una bolita bien babeada y repetimos el proceso varias veces hasta que se quedó dormido. A las cinco de la mañana me despertaron sus gritos ensordecedores. Me levanté medio dormida, mastiqué otra Cerealita y volví a embutirle bolos en el buche hasta que se calmó. Eso se repitió cada dos o tres horas desde la madrugada hasta el atardecer. Por suerte yo estaba de vacaciones, así que podía quedarme en casa durante casi todo el día o hacer salidas muy cortas para alimentarlo cada vez que gritaba.

Me daba miedo que se muriera con esa dieta estrafalaria, pero se lo veía cada día más fuerte y vivaracho. Empezó a echar unas plumitas blancas por todos lados. Le agregué un poco de leche a la mezcla. Lo llevé a un veterinario. Me dijo que nunca había conocido un caso así, de pichoncito criado desde recién nacido por una señora. A la noche lo ponía en un depósito de la terraza y a la mañana, en cuanto abría la puerta, se echaba a revolotear pero no salía: se paraba y abría la bocaza, de la que habían desaparecido gradualmente las bisagras amarillas. Ahora tenía un pico normal, de gorrión, pero seguía abriéndolo para pedir comida. Yo le ponía alpiste y migas de pan en el piso pero no se le ocurría comerlo como hacen los pájaros normales. Había creado un pájaro idiota, un marginal. Y ya tenía un tamaño alarmante, mucho más grande que los gorriones comunes y era completamente blanco. Traté de echarlo pero se escondía entre las reposeras plegadas, las escobas, los trastos que había en el depósito. Yo le explicaba que tenía que volar, que Konrad Lorenz tenía una explicación para esa relación enfermiza que había entre nosotros, que me olvidara y que se fuera con su familia, pero él seguía en sus trece, actuando como un híbrido mitad humano y mitad pichón, cuando en realidad ya era un pájaro adulto. Una mañana lo atrapé, lo puse en la enredadera y le pegué un sacudón a la rama. Voló hasta la cornisa más cercana y enseguida aparecieron muchos gorriones revoloteando y cantando alrededor de él. El muy bobo seguía levantando la cabeza y abriendo el pico y yo estaba muy preocupada por haber interferido así con la naturaleza.

Durante lo que quedaba de ese verano lo ví volando con sus amigos entre la cornisa, la palmera y la enredadera. Lo reconocía porque era completamente diferente a los demás, grandote y con sus plumas claras. Yo tomaba sol y él se paraba en la reja y me cantaba locamente, con el pechito inflado, como con orgullo. Después empezó el frío, durante todo el invierno no salí a la terraza y cuando volvió el verano no lo ví más.

Hoy encontré un cascarón de huevito en un camino del hospital y me acordé de él, que se llamaba Simón.

8 comentarios:

carolina Baffi dijo...

qué producción de posts, ememe. qué placer para mí: un montón para leer cuando termine mi segundo examen.

ememe dijo...

Sí, me parece que los fines de semana me pongo prolífica. Me encanta huevear todo el día, leer, dibujar, abrir la heladera y agarrar un puñado de cerezas, un cacho de queso, un vino, dormir, mirar libros viejos, todo lo que no puedo mucho en la semana. Si pudiera vivir así ya hubiera escrito diez libros!

ememe dijo...

Cuándo das el segundo examen? Cómo te fue en el primero?

Eduardo Mangiarotti dijo...

¡Qué buena historia! Me encantó.

Crab dijo...

De chico me gustaban los pájaros. Conocíamos con mis compañeros de andanzas, los que son carnívoros y los que son vegetarianos (y son lo uno o lo otro).
Varias veces intenté lo tuyo, pero siempre se me murieron.
¡Te felicito!

Anónimo dijo...

Que buena onda la prolifidad fin de semanesca ememiana!!
Navidad me re cabe.Lo unico que me jode es que mi familia la hace en lugares lejanos y yo vuelvo manejando muy para atras..
Un pajaro salvado..las cosas que tuvo que pasar!
En favor del pajarito:Que buen poder de adaptacion...muchos humanos con el 2% de esas vivencias se la pasa la vida en el psicologo.
quiero la receta de la isla flotante!Mi abuela la preparaba y era un flash!
Cariños
A

Anónimo dijo...

mi hermana y yo criamos a un pichón de pájaro (no sabemos de cuál)--pero todas las mañanas los sacábamos a la vereda en una jaulita (para que no se lo coma el gato) para que vea a los palomas comiendo y revoloteando, ellas eran las maestras.

Anónimo dijo...

después se voló.