domingo, octubre 01, 2006


Siempre tuve poco pelo, muy lacio y muy fino, como mi papá. Hay quien me llama Pelito de Bebé porque le gusta que sea así. Cuando fui a visitar por última vez a mi papá a Alemania me sorprendió que su mujer lo llamaba Baby Haar, pelito de bebé, a él también. Bueno, entonces no debe ser tan horrible nuestro pelo, pensé, si a la gente que nos quiere le da ternura.

También con el color tenemos problemas: es de un gris ratón pálido, con un pigmento tan débil que después de unos días de estar al sol se nos pone blanco verdoso, como de extraterrestre. Ahora me acostumbré, pero cuando era chica moría por tener muchísimo pelo negro con rulos como mi Helen, mejor amiga. Ella me dijo que se le había puesto así porque le hacían masajes en la cabeza todos los días y durante todo un verano me froté la cabeza durante media hora antes de irme a dormir, sin ningún resultado.

La idea de que mi pelo era algo inadecuado y ridículo me la transmitió mi mamá. Le explicaba a todo el mundo que mis pelitos eran tan sedosos y finos que se zafaban de los moños y que se me hacían nudos tan enredados que tenía que cortarme a veces mechones de pelo para poder peinarme. Le encantaba tijeretearme y a veces ella misma se reía de los cortes raros que me hacía. Mientras me peinaba repetía que si un día me rapaba todo el pelo me iba a crecer más fuerte.

Esto que voy a contar es uno de los episodios más terribles de mi infancia y lo tengo grabado cuadro a cuadro como una película. Estoy sentada frente a un espejo grande con una toalla atada al cuello, papá lee acostado en la cama un poco al costado y de frente a mí. Mamá se acerca con un artefacto que hace un ruidito como de podadora en miniatura y me lo pasa rápidamente desde la nuca hasta la frente. Con la cabeza inclinada veo caer sobre mi falda una lluvia de pelitos rubios, mis pelitos de bebé. Mamá se ríe como una niña que hubiera hecho una travesura. Papá levanta la mirada, se le transfigura la cara, se para, insulta a mamá –Hija de puta, o miserable, o maldita seas, no sé que le dice, pero es algo que nunca le había oído decir, y se va pegando un portazo. Sin dejar de reírse nerviosamente mamá me dice que ahora tiene que seguir, que no me puede dejar así, y me pasa la máquina cero, o acero, no entiendo cómo la llama, por toda la cabeza. Me quedo pelada. Como las colaboracionistas francesas, como los prisioneros de los campos de concentración, me quedo totalmente pelada.

Ahora mamá me dice con una especie de excitación –Bueno, ahora vas a ser varón por un tiempo. Me saca los aritos de las orejas. Me saca el vestido blanco de piqué. Me pone ropa de mi hermano, ropa que a él le queda chica. Un short azul, una remera a rayas. No sé por qué en ese momento pienso que es una suerte que sea verano, tal vez porque la ropa de verano es más neutra, más asexuada y se va a notar menos que soy una chica disfrazada de chico.

Después no me acuerdo más. Tengo un vago recuerdo de mi papá que vuelve muy tarde, se inclina sobre mí, que estoy acostada y me acaricia la cabeza, que pincha un poquito. Mi papá tiene los ojos llenos de lágrimas. En ese momento pienso que él no pudo defenderme y que eso lo pone tan triste.

Después recuerdo otra escena, la de la foto. Estamos en la playa, en Necochea. Debe ser ese mismo verano porque tengo el pelo muy corto y un traje de baño viejo de mi hermano, en lugar de los trajes de baño arrepollados y con pechera que usábamos las nenas . Me divierto mucho en el mar. Salto y nado como una rana todo el día. Después estoy en la arena con mi hermano y un amigo circunstancial. Mi hermano, leal al secreto en el que mamá nos aleccionó, afirma enfáticamente que soy un varón. El chico no le cree. Debe haberse dado cuenta de que soy mujer, no sé cómo, si parezco un varón. Me dice –A ver, si sos varón mostrame el pajarito. Primero me quedo helada y enseguida corro hacia la carpa, donde está mamá. El chico me persigue, se ríe, insiste en que le muestre el pajarito. La carpa está lejos, me quemo los pies, llego temblando y me tiro sobre la arena, primero de rodillas y enseguida boca abajo, aplastada contra la arena caliente. Cierro los ojos, la sangre bombea dentro de mi cabeza como una bola de fuego. Tengo terror de mirar, tengo terror de tener pajarito.

14 comentarios:

ericz dijo...

Que atroz.
Pero, ¿por qué hizo eso?

ememe dijo...

Ella todavía sostiene que me rapó para que el pelo me creciera más fuerte.

Anónimo dijo...

ah, ok. y lo de vestirte de varoncito? cómo lo sostiene?

Anónimo dijo...

uy...que vieja mas loca...que mente tan deforme....yo tenia una abuela que me hacia lavar la boca con jabon ,por si venia la guerra,y me ataba la mano derecha para que aprenda a escribir con la izquierda..a mi abuelo le faltaba un brazo...vieja loca,vieja puta,pensaba yo...pero cuando yo tenia 10 ella tomaba mucho vino y yo me consegui un skate y me compre la ciudad.
Tus historias re dan.Pienso en alguien cortandole el pelo a mi niña y me veo en un estado raro.
A

ememe dijo...

Enmascarada: cuando yo era chica no se usaba el pelo rapado como ahora. Si alguien estaba pelado era porque estaba preso o porque tenía piojos. Era un estigma, una indicación de que algo andaba muy mal. Imaginate una nena rapada, cuando las nenas usábamos el pelo largo, moños y cintitas por todos lados. Una nena rapada era algo inadmisible. Un chico rapado era algo un poco menos monstruoso. Lo de la ropa de varón era para que pudiera salir a la calle.Me miraban igual, pero si sabían que era una chica creo que mandaban en cana a mi mamá.

Huemul dijo...

Si, una nena rapada era inadmisible. Entonces cabe preguntarse si el tormento buscado era la falta de pelo o el disfraz obligatorio posterior.
Para mi, las dos cosas.
La perversidad contra un niño no tiene perdón, no merece piedad, ni comprensión. Las explicaciones son para entender uno, no para disculpar a nadie.

a. dijo...

no necesariamente debería ser traumático...no? en realidad fue una posibilidad copada la que tuviste
transgenerizarte en la infancia y con aprobación de tu madre... no cualquiera!

Anónimo dijo...

Ah, pero te desquitaste! Tuviste maridos(s) y varios hijos(s)
Soy chancleta, mamá! A ver si te vas enterando...

b1 dijo...

Es verdad que todo eso era a causa de la presión social. Ni siquiera fue una crueldad si se considera que en ese entonces sólo algunos románticos perdidos sospechaban que los niños podían tener su propia voluntad, y no que eran seres pasivos a los que sus padres debían darles la forma que la sociedad exigía.

Por otra parte es necesario destacar la impresionante evolución que hizo tu madre, que hoy en día hasta es ídola de muchas jóvenes, y a los 90 años está más avivada que muchos de 50.

b1 dijo...

(claro que eso no quita el sufrimiento que te hizo pasar, pobrecita, pero me parece importante atribuirle a la sociedad y al "qué dirán" -todavía hoy presente- la culpa que les cabe)

Huemul dijo...

Dejen de buscarle atenuantes. El relato es bastante claro: un adulto que hace sufrir a un niño, con el agravante de tratarse de madre e hija. Una hijadeputez de proporciones infinitas, o sea.

Las cosas son como son, el tiempo pasa y uno puede superar, entender y hasta perdonar: éso es madurez y fortaleza. Lo que no se puede es disimular, minimizar o hacerse el sota porque duele.

ememe dijo...

De acuerdo con huemul, con ericz, con la enmascarada y con A.
No con B.1, porque en este caso no creo en el pretexto del medio, de la sociedad y todo eso. Gente contemporánea de mi mamá fue amorosa y cuidadosa con sus hijos y jamás hubiera permitido que nadie les hiciera algo así.
Si uno quiere encontrarle una justificación, hay algunas: su insatisfacción, su inseguridad, su docilidad y su desesperación por no poder ser feliz. Esa te la compro.

b1 dijo...

Maldición, siempre me toman por relativista. Sólo quiero ver un poco más allá, ya sé que las cosas son como son, ¿pero quién sabe cómo son en realidad?

No todo el que comete una hijaputez es un cabal hijo de puta, y no todos los hijos de puta siguen siéndolo por siempre. Me interesa diferenciar una cosa de otra.

A cada hijaputez correspondería un sufrimiento, un enojo y eventualmente un perdón a su medida, pero de qué dependen esas medidas?

Me parece más copado odiar a tu madre por su insatisfacción, su inseguridad, su docilidad y su infelicidad que guardarle un rencor ciego por haberte hecho eso, por más que en la dimensión personal y humana y hasta literaria sea más interesante lo que te pasó a vos, perspectiva desde la cual tu madre sería un monstruo imperdonable.

Pero a mí me interesa además ver de dónde salió ese monstruo, porque resulta que pueden salir, paradójicamente, de alguien demasiado dócil en una sociedad cruel, como también podría darse el caso de alguien demasiado cruel en una sociedad dócil, por eso nada es tan simple como que tal es un hijo de puta y nada más.

ememe dijo...

Ta bien, B.1, estoy de acuerdo: todo es relativo. Desde que eras una especie de pollito de menos de un metro de altura tu cabezota obstinada y brillante siempre pensó todo desde un punto de vista no terminante y no convencional, asi que no me sorprende que pienses así sobre mi mamá. Pero hay que tener en cuenta otro factor que hace que la quieras y la defiendas y que yo respeto: ella fue muy buena con ustedes. Ustedes tienen motivos sólo para quererla y a mí me gusta mucho que la quieran. Se redimió cuando fue vieja porque seguramente en ese momento se resignó a no haber hecho nada de lo que deseó y a no tener el control sobre las vidas ajenas. Puedo asegurarte que en esa transformación de monstrua a abuela buena tuve una influencia determinante. Siempre me había evadido de ella sin discusiones para no fulminarla con mi mirada de basilisco, pero empecé a hacerle frente desde el momento en que te tuve en mis brazos. Ser tu mamá me llenó de una fuerza de leona contra todos los males del mundo, incluyendo a mi mamá, que era uno de los peores. No dejé que opinara ni que criticara ni que les hiciera nada sin mi autorización. Cuando me decía que había que castigarlos, "corregirlos", espantosa palabra que siempre me hizo pensar en el Marqués de Sade, le decía claramente que no era ésa mi idea de cómo se educa a un chico y que no me interesaba su opinión. Hice de esa posición una especie de militancia porque estaba segura de que no es la disciplina lo que forma a los chicos, sino el amor incondicional y verdadero. Claro que yo era muy hippie y tenía una idea del amor medio ridícula: creía que todo lo curaba y todo lo podía, pero no me arrepiento de haber sido así con ustedes. Creo que gracias a eso son las tres maravillosas personas que son. Que amen a su abuela es la demostración de que han crecido independientes de mi historia, sin resentimiento ni odio contra ella.