sábado, octubre 21, 2006

Tortuguitas




El cartel señala la salida de la autopista en Garín; el auto obediente baja y sigue la curva hasta una rotonda donde conviven en una promiscuidad horrenda parrillas, pizzerías y agencias de remises envueltas en un revoltijo de olores y sonidos. El auto sigue por un pasillo que enhebra decenas de barrios cercados.

En cada entrada hay una caseta de cemento blanqueado y dos guardias travestidos de militar centroamericano detrás de una barrera. Toda la instalación dice sin palabras que los que viven allí tienen algo muy importante que ocultar. Usted está aquí dicen los carteles para que uno no se equivoque y se arriesgue a ser fusilado.

Los barrios cercados se llaman country, que significa campo y se ve que lo dicen con inocencia, sin la menor ironía. Todos tienen un cartel con un nombre campestre y un símbolo como de etiqueta de vino fino. En unas casitas alejadas amontonadas sin ton ni son sobre la tierra viven los que cortan el césped, podan el cerco, desinfectan la pileta, lustran el piso, lavan los platos y limpian los baños en el country.

Mirando por la ventanilla abierta del auto trato de hacer coincidir la realidad con el recuerdo. Hace cincuenta años Tortuguitas era un animal inmenso adormecido en el polvo, unos molinos esperando el viento y un túnel forrado de eucaliptus que terminaba a cincuenta metros de la casa. Sé que es el mismo lugar porque lo dicen los carteles pero de todo eso no queda nada. De repente por la ventanilla del auto entra un dato del pasado tan certero como un detector de iris en un aeropuerto japonés: el olor. Es el olor de los únicos días felices de mi infancia, un olor fresco de algo recién nacido y en el fondo el de algo verde que se quema.

El auto va muy rápido pero igual veo sobre la izquierda un lote que se vende y entre los álamos petisos, una casa que me parece aquella. Lo digo en voz alta pero en cuanto empiezo a explicarlo me avergüenza mi desubique: hace cincuenta años la casa ya era viejísima y es inconcebible que se mantenga en pie hasta hoy. Era un paralelepípedo bestial atravesado por un pasillo oscuro. Sobre la puerta de madera un artesano italiano había grabado el año de construcción, que ya era lejano en aquella época. Hacía más de cien años que se empecinaba como una viuda en medio del campo, calcinada en verano y aguantando con el lomo agachado la mordedura del invierno. En una arquitectura tan seca cualquier consuelo (un alero, una galería) hubiera sido una debilidad incongruente. El piso del pasillo central era de baldosas calcáreas opacas y porosas lustradas de rodillas y a muñeca con kerosene y aceite de linaza. Las juntas se abrían obligadas por la comba del piso y exhumaban olor a tierra húmeda. Yo cruzaba ese pasillo silencioso corriendo desesperadamente porque alguien me dijo o lo pensé, que debajo había un cementerio. La cocina era un rectángulo enorme y ahumado con dos ventanitas hundidas en el muro. Allí comíamos sopa con caracú o choclos con manteca y los grandes hablaban de cosas misteriosas. Los chicos estábamos siempre afuera, como los perros y con ellos.

En aquel mundo la clasificación taxonómica de los perros era muy sencilla. Había de tres colores y de dos razas: negros, blancos y amarillos, finos y crotos. Ceferino era un perro croto, amarillo.

En una foto blanco y negro estamos los dos acostados sobre el piso de tierra del fondo detrás de la casa.

De Ceferino se ve la esfera de sus bolas prolijamente dispuesta entre las patas, su rabo corto y una oreja que asoma. Yo tengo la cabeza apoyada en su cuello como sobre una almohada. Estoy despierta. Miro desvaídamente hacia la cámara. Tengo dos años. Seguramente Ceferino está dormido: siempre dormíamos la siesta allí, mi cuerpo de nena desmayado sobre su cuerpo perruno. Su tórax subía y bajaba más lentamente a medida que se deslizaba en el sueño y yo me dormía respirando confiadamente el olor de la tierra seca, sumergidos los dos en la sombra narcotizante de los árboles. Sé que tengo dos años porque me lo dijeron. Si es así, esa entrega, esa confianza, es el primer recuerdo de mi vida. Dicen que cuando Ceferino se despertaba se quedaba quieto mirando resignadamente a los que se burlaban de su devoción y recién cuando yo me despertaba él corría a hacer un interminable chorro de pis contra un árbol.

Es una ley de la infancia que los chicos sean alejados sin explicaciones de los lugares donde son felices, asi que sin decirme cuándo ni por qué, un día no me llevaron más.

Hoy cuando volvíamos por la autopista pensé que quizá Tortuguitas sigue estando donde estaba y simplemente no se ve. Tal vez han construido la escenografía encima del campo verdadero y cerca de la superficie, a un metro de profundidad, estén la casa, los eucaliptus, la tierra y Ceferino. Los que van allí los fines de semana, aturdidos, no pueden saberlo. Construyen casitas facsímiles de algún estilo, quieren a perros de razas extrañas y hacen sus prolijos asados sin imaginar que debajo del country espera pacientemente el campo. Algunos perciben que hay algo raro bajo la superficie y en un arranque de terror impotente vuelcan pavas de agua hirviendo en la boca de los hormigueros.

4 comentarios:

ericz dijo...

Hablando de perros y nostalgia, ¿habrás leído una novela que se llama Los galgos los galgos?

Anónimo dijo...

Seguís siendo etérea; cuando uno no te ve, siempre se guía por el aroma de tu paso. Gracias. a.c.

ememe dijo...

Ericz: no, no lo leí Es de Sara Gallardo,no?
a.c.: epa! aroma a qué tiene mi paso?

Anónimo dijo...

a caramelo Mu Mu a.c.