viernes, octubre 06, 2006

una mañana

Anoche me dormí después de las 2. Me desperté a las 6, reinicié trabajosamente mi cerebro, que a la mañana funciona con Windows 95, y ví que el día estaba precioso. Cargué el I Pod a lo bestia, random total (mezclo todo en la Biblioteca, marco al azar, éste si /éste no, y le tiro todo adentro. Me dice que no van a caber tantos temas y le digo OK, que se quede tranquilo, que meta los que le quepan).

Caminé por Laprida, que me encanta porque está siempre medio en sombras como Agüero. Retomé por Las Heras, me metí en La Isla, aparecí en el monumento a Mitre, bajé por las escaleras del costado, caminé hasta el monumento a Evita Anoréxica, miré varios perros lindos, crucé Libertador y caminé un rato largo mirando el pasto verdísimo que apareció después de la lluvia.

Cuando hago eso me viene una nostalgia de cuando corría porque ahora no puedo correr. Mi corazón se pone irregular cuando pasa de los 110 latidos por minuto así que solamente camino, pero rápido.

Me gustaba mucho correr. Hasta el peor de los problemas se hacía chiquito después de los cuatro o cinco kilómetros porque entraba en escala con el planeta entero. Entonces nada parecía demasiado importante, nada merecía mi preocupación ni mi pena. Caminando, los problemas y la tristeza se achican pero menos.

Pensaba en eso mientras el I Pod me mandaba una mezcla rarísima a la cabeza: Dinah Washington, Beatles, Jimmy Scott, Glenn Gould, Rod Stewart, Agustín Lara, Bola de Nieve, Kevin Johansen, unas cantatas de Bach, un rap de Lauryn Hill, otro de Macy Gray y de repente Ingeborg Bachmann leyendo sus poemas con esa voz tan triste que tenía. Era precioso oír todo eso al azar, como si hubiera apoyado la oreja en el suelo y estuviera oyendo la voz de la humanidad.

5 comentarios:

dholo dijo...

ayyy. qué lindo "entrar en escala con el planeta". a mí nunca me pasó corriendo, pero por ahí es porque nunca intenté.

saludos, ememe.

ememe dijo...

Correr es la mejor forma de hacerlo. No te das cuenta y de repente sos una yegua, una loba, recorriendo largas distancias sin sentir cansancio ni dolor mientras al lado tuyo las personas tocan bocina, se traban y se putean. Después de los 20 kilómetros te parece que todo es absurdo, que nada tiene sentido y te parece cómico que la gente se preocupe por tantas boludeces. Es un efecto extraordinario que sólo se logra moviendo las patas.

dholo dijo...

20 kilómetros? te parece?
dudo de mí misma.
más que una yegua o una loba, pareceré un animal que merece ser sacrificado.
así y todo, parece valer la pena.

Anónimo dijo...

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