domingo, noviembre 26, 2006

Un romance fugaz

Viernes a la noche. Termino de atender muy tarde. En cuanto el último paciente cierra la puerta del ascensor me saco el guardapolvo, cruzo el palier corriendo, entro a casa, me pego un toque de rubor, otro de rimmel, hago varios giros rápidos como la Mujer Maravilla y la Dra. M. se transforma en ememe. Nadie diría que son la misma persona.
Bajo a la calle y cazo un taxi con el tiempo justo para llegar al Borges, donde B.2. actúa en una obra horrenda. El taxista maneja tranquilo, el taxi no tiene olor a fluídos orgánicos ni a pinito desodorante, la música es neutra y el volumen bajo. Cuando estamos llegando le pregunto si a la mañana siguiente me puede llevar a Ezeiza. Me gusta acompañar a M4 cada vez que se va o viene, pero odio el camino a Ezeiza. A veces hay niebla, y esa visión transilvánica sumada a los recuerdos contradictorios de los 70 me inquieta y me pone triste. Si el taxista aprovecha el viaje para demostrar que es un as del volante y que su auto tiene más potencia que todos los demás, la paso realmente mal. Siempre tardo algunas horas en recuperarme del todo. Este taxista del viernes a la noche me parece un hallazgo. Me dice que sí, que se llama Hugo y me da su número de celular. Pero me advierte que quizá me lleve su compañero Oscar. El sábado aparece efectivamente Oscar, y nada es igual. El taxi tiene alfombritas de goma rojas metalizadas, dos dados rojos peludos pendiendo testicularmente del espejito y olor a habitación de telo recién desinfectada. Oscar tampoco se parece a Hugo: es una especie de Tony Bennett mal sucedido, con el pelo gelificado y mucha tensión en el cuerpo, que asoma por múltiples agujeros de su jean apretadísimo. Lleva el asiento del conductor echado totalmente hacia atrás, lo que deja un lugar mezquino para mis piernas. Suena una música atroz a todo dar. En cuanto arrancamos me ofrece venderme CDs grabados por él en persona. “Te bajo Julio Iglesias, Diego Torres, lo que quieras” “Te los llevo a tu casa y te sale 8 pesos cada uno”, insiste. Yo murmuro frases incomprensibles para desanimarlo. Subimos a la autopista y sigue ofreciéndome servicios extra curriculares: viajes al interior, traslado de ancianos y niños, viajes de emergencia pedidos a las 3 de la mañana, abonos mensuales, llevar animales domésticos... Me hago la que me quedo dormida y deja de hablar, pero para arrullarme pone algo que suena como Zucchero Fornaciari, un grasa que grita melosidades a todo volumen.

Durante el viaje de vuelta no habla ni una palabra, baja el volumen y parece ofendido. Son 80 pesos. Le pago con 100 y rezonga que no tiene cambio. Me da 15 pesos, todo el cambio que tiene. Es el fin de una bella amistad.

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